Ernesto Cardenal ha calificado su propia poesía y la que más le gusta de Nicaragua y Cuba, como poesía "exteriorista". No obstante su aparente simplicidad, el término se presta a equívocos. "Exteriorista" no significa desde luego "exterior" en el sentido de superficial, intrascendente o desprovisto de subjetividad, pues "el exteriorismo" (que, según aclara Cardenal, "no es un ismo ni una escuela literaria") implica una opción, precisamente, de la subjetividad, la cual decide salir de sí, entregarse y olvidarse, para expresar el mundo circundante y ayudar a transformarlo o mejorarlo, a partir del lenguaje mismo de la realidad.

El exteriorismo es la poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el mundo específico de la poesía. El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y hechos y dichos.

¿Será necesario volver a evocar la sombra de Ezra Pound, il miglior fabro, que dijera Eliot? En todo caso estas palabras definitorias de Cardenal, extraídas como las anteriores del prólogo a su antología de la poesía nicaragüense, deben ser completadas, en el caso específico de su poesía, por otras de Thomas Merton, escritas a propósito de los apuntes en que Cardenal dejó testimonio de su paso por la Abadía trapense de Gethsemaní, Kentucky, en 1957. "Él calla (dice Merton), como debía, los aspectos más íntimos y personales de su experiencia contemplativa, y sin embargo ésta se revela más claramente en la absoluta sencillez y objetividad con que anota los detalles exteriores y ordinarios de esta vida." Tan oportuna observación -inmediatamente comprobable con la lectura de aquellos apuntes de Gethsemani, Ky, que carecen incluso de toda reflexión o alusión trascendente- ilumina ese aspecto del exteriorismo ascético de Cardenal y nos ayuda a entender la otra dimensión de su obra: la de su poesía política y militante, en la que lo que llamaríamos la opción dialéctica de su lirismo, da un paso más audaz. Consiste este paso en asumir la humanidad objetivada o más bien impresa (como las huellas dactilares) en las cosas (naturaleza, objetos, criaturas) saturadas de dolor humano, y encarnar en su palabra ese lirismo colectivo de la realidad que es sencillamente la poesía de la historia, la épica. Por eso puede decir también Cardenal que el exteriorismo "es tan antiguo como Homero y la poesía bíblica (en realidad es lo que ha constituido la gran poesía de todos los tiempos)".

Pero ¿no ha existido también una gran poesía rigurosamente íntima o personal? ¿No es gran poesía, por ejemplo, la de San Juan de la Cruz y la del propio Cardenal en las prosas de Vida en el amor, su gran meditación mística? Pero ¿cuál era la intimidad que buscaba San Juan de la Cruz y se busca en Vida en el amor? ¿No era, no es, precisamente, lo más exterior al subjetivismo del poeta? Sea como fuere, es indudable que, expresando el mundo que lo rodea y sus raíces históricas, denunciando en amargos y proféticos cantos, que tienen tanto de crónica como de apocalipsis, las devastaciones del imperialismo español y del imperialismo yanqui en América, Cardenal se ha expresado también insuperablemente a sí mismo, como otros poetas -el lector puede escogerlos, a su gusto, de la larga nómina-, dedicados a decirse a sí mismos, han expresado también por concentración, reflejo o antítesis, el mundo que los sustentaba.

Todo poeta real es un poeta realista. La poesía no tiene otro asunto que la realidad, de la cual, por definición, nadie escapa. Pero en el caso de Cardenal se trata de un realismo militante, de un realismo a la vez revolucionario y místico, es decir, que busca combativamente, agónicamente, la transformación y la unión por el amor, en el amor.

Atravesado una vez, como es de rigor, por el niño terrible, despedido de sí mismo -del sí mismo peculiar y "subjetivo"- con suprema elegancia e ironía, con humor delicado que a veces halla el equilibrio entre Catulo y el haikú, en sus ya clásicos Epigramas, tan modernos y tan antiguos, tan provincianos y tan universales -honor de Hispanoamérica-, Cardenal va precisando y profundizando sus objetivos desde el mural de "Con Walker en Nicaragua" hasta el coral de "Canto nacional", desde la catarsis de "Hora 0" (en el que se sitúa uno de los momentos más altos de la poesía hispanoamericana, cuando revive el alba de la noche en que asesinaron a Sandino) hasta la enorme denuncia apocalíptica de "Oráculo sobre Managua", en una vasta ofensiva poética que cuenta con armas de alto calibre como la versión "a lo moderno" de los salmos davídicos, asaltos a pecho desnudo como "Oración por Marilyn Monroe", exploraciones en profundidad como las "Coplas a la muerte de Merton", y una poderosa retaguardia vigilada por El estrecho dudoso, crónica del tamaño del crimen que relata, en la que el lenguaje de los conquistadores es esgrimido vindicativamente por el poeta, y el Homenaje a los indios americanos, unitivo, por la martirizada raíz indígena, de las dos Américas.

Poesía, toda ella, de avance, de asalto, de toma de posiciones estratégicas, que naturalmente ha venido a ser la expresión más alta de la lucha de su pueblo. Poesía como "posters", documentales o reportajes, él mismo lo dice, pero también como homilías y sermones (José Coronel Urtecho, el inventor de poemas, cuyo "Febrero en la azucena" regó la tierra de "Hora 0", se lo dijo allá en su finca "Las Brisas"). Poesía de su tierra, "como el zanate clarinero, como el coyol", como todos los pájaros de su tierra, que él ha cantado como nadie. Poesía, en fin, telúrica y modernísima, enemiga creciente de todo dualismo (profano-sagrado, política-religión, fe-ateísmo, etcétera), la de este destinado vocero del Frente Sandinista de Liberación, cuya obra, hija de una experiencia personal y colectiva situada a la vanguardia del Tercer Mundo, parte de la praxis revolucionaria juvenil -en los días del frustrado golpe contra el viejo Somoza, abril de 1954, cuando "la mano de los epigramas de amor manejó una Madzen"- y desemboca después de un proceso que incluye el noviciado trapense, la ordenación sacerdotal, el memorable experimento de Solentiname y el encuentro con la Revolución Cubana, en la conciencia y la militancia revolucionaria de una madurez que ha producido los textos poéticos más grandiosos e iluminadores de su generación.

Octubre de 1978
CINTIO VITIER

1. Poesía nicaraguense. Selección y prólogo de Ernesto Cardenal. La Habana, Casa de las Américas, 1973.

2. Véase "Lo que fue Solentiname (carta al pueblo de Nicaragua)", por Ernesto Cardenal, en Casa de las Américas,
n. 108, mayo-junio de 1978.

 

PRÓLOGO A ERNESTO CARDENAL*

En 1949 ocurrió un acontecimiento relevante para la poesía de lengua castellana: ese año fue editada en Madrid la antología Nueva poesía nicaragüense.1 Sin embargo, no deja de ser curioso que ese hecho, como ha ocurrido en casos similares, pasara casi inadvertido entonces. Ahora, un ahora que ya tiene muchos años, es bien distinto. Hace tiempo que se sabe que la poesía escrita en Nicaragua, un pequeño país con menos habitantes que los de una ciudad mediana, no sólo del planeta todo, sino de la propia América Latina, es una de las mejores poesías escritas, no sólo en la América Latina, sino quizá en el planeta todo. Otro hecho curioso: si en vísperas de la Primera Guerra Mundial se hubiera preguntado a un conocedor quién era el poeta vivo más influyente de la lengua castellana, de seguro que la respuesta hubiera sido: el nicaragüense Rubén Darío; hoy, confiamos que no en vísperas de la Tercera (y última) Guerra Mundial, y dando por sentado que hombres como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti o Nicolás Guillén son ya indiscutidos clásicos vivientes, una pregunta similar creo que obtendría como respuesta: el nicaragüense Ernesto Cardenal. Es decir, que en el siglo XX la poesía de lengua castellana empezó y terminó (aunque nos quedan aún unos cuantos años para ratificar o rectificar este último aserto) encabezada por dos nicaragüenses: Rubén Darío en un extremo y Ernesto Cardenal en otro.

En 1957, aún yo no veía así las cosas. Cuando ese año ofrecí en la Universidad de Columbia, Nueva York, una charla sobre "Situación actual de la poesía hispanoamericana",2 ya era conciente de la importancia de la nueva poesía de Nicaragua; pero al escoger un nombre de la generación entonces joven de aquel país, me decidí por Ernesto Mejía Sánchez: de lo que no me arrepiento, ya que se trata de un poeta excelente. Por otra parte, Cardenal no había publicado aún su primer libro: en aquella Antología de 1949 aparecían tres poemas suyos bien escritos, pero de los cuales él mismo iba a prescindir en las posteriores sumas de su poesía,3 y un largo prólogo donde anunciaba: "No sabemos a qué se debe la aparición de [Rubén] Darío en Nicaragua, pero sí podemos decir que si Nicaragua vuelve a dar otro nombre a la literatura mundial, en caso de no ser [José] Coronel Urtecho, se deberá, al menos en mucha parte, a él".4 Así ha sido, en efecto. Ese nombre se debe al peculiar magisterio poético de Coronel Urtecho, quien más que hacer libros de poesía (hasta la fecha, con setenta y cinco años, sólo le han publicado uno), ha hecho poetas. El más destacado de ellos, el otro nombre nicaragüense dado a la literatura del mundo, es Ernesto Cardenal.

En 1960 recibí, cariñosamente enviado por él, como seguiría ocurriendo con sus otras publicaciones, un cuaderno que me conmovió: se trataba de Hora 0, un conjunto de cuatro poemas referidos a la lucha por la liberación nacional centroamericana, y en especial nicaragüense, con una memorable evocación a Sandino, el gran héroe nicaragüense de la resistencia antiyanqui, asesinado por el primer Somoza en 1934. El colofón, seguramente escrito por Mejía Sánchez, explica:

Estos poemas de Ernesto Cardenal, Hora 0, fueron escritos en Nicaragua, entre la rebelión de abril de 1954, en la que tomó parte el autor, y el ajusticiamiento del dictador Anastasio Somoza, 21 de septiembre de 1956. Posteriormente, Ernesto Cardenal ingresó en la vida religiosa en el monasterio trapense de Our Lady of Gethsemani (Kentucky, E.U.A.) y desde ahí autorizó la publicación en la Revista Mexicana de Literatura, enero-abril de 1957 (n. 9 y 10) y abril-junio de 1959 (n.3). Trasladado, por motivos de salud, al monasterio benedicino de Santa María de la Resurrección, en Cuernavaca, Morelos, ha autorizado esta edición conjunta como homenaje al héroe Augusto César Sandino en el XXVI aniversario de su muerte, 21 de febrero de 1960 [...]

Este colofón, que vale por un ensayo, nos dice muchas cosas y nos remite a otras. Por lo pronto, hace evidente que la vida de este poeta nacido en 1925 en Granada y crecido en León, de Nicaragua (esta última la ciudad de la niñez de Darío), en el seno de una familia rica, ya para entonces había vivido una vida infrecuente. A estudios propios de un joven de la alta burguesía centroamericana (después de los realizados en su patria, otros, siempre de letras, en México, los Estados Unidos y España), y a la escritura desde la niñez de muchos poemas que no se cuidó de reunir en volumen (hasta ahí, nada fuera de lo normal), se suma el haber tomado parte en una conspiración para ajusticiar al viejo tirano Somoza en 1954. El laudable proyecto fracasa a última hora, y los conspiradores son ferozmente perseguidos y en gran parte aniquilados. Cardenal se esconde y logra salvar la vida. En 1956, otro poeta, Rigoberto López Pérez, da muerte a Somoza I, y paga la hazaña con su inmediato asesinato. Poco después, Cardenal (que casi simultáneamente había estado escribiendo epigramas de tema amoroso y político, haciendo versiones libres de otros de Catulo y Marcial, y creando Hora 0), sufre una intensa crisis religiosa y decide hacerse sacerdote. Admitido por el gran poeta y monje trapense Thomas Merton, ingresa en 1957 como novicio, con el nombre de M. Lawrence, en el monasterio Our Lady of Gethsemani, Kentucky. Allí se le prohíbe el ejercicio de la poesía, pero toma apuntes que luego se volverán poemas. Es conocida la austeridad de la vida de los trapenses; no tan conocido es el hecho de que Merton los instaba a rezar pidiendo el afianzamiento en Cuba (país que el conocía bien y al que dedicara bellas páginas en su libro La montaña de los siete círculos, 1948) de Fidel Castro y los rebelde de la Sierra Maestra, cuando supo del triunfo revolucionario en enero de 1959. Ese año, trasladado por motivos de salud al monasterio de Cuernavaca que menciona Mejía Sánchez, Cardenal da allí forma definitiva a su cuaderno Gethsemani, Ky. (publicado con prólogo de Merton5 en México, en 1960), y autoriza la aparición de dos colecciones de poemas previos: Hora 0, ya mencionada, y Epigramas (México, 1961). En la introducción a este último libro, tampoco firmada, pero debida también a Mejía Sánchez, quien ha resultado ser uno de los heraldos (anónimos) más agudos de su tocayo y "paisano inevitable",6 se describe así la evolución poética de Cardenal:

Comenzó escribiendo poemas de joven enamorado, y hasta se anunció un libro suyo con el título Carmen y otros poemas; siguió, sin dejar el tema del amor, abriéndose paso en los poemas históricos, como [...] la poesía social y política y, de nuevo, al amor cristianizado, al amor religioso. Muchas etapas en veinte años; muchos poemas dispersos y sólo dos cuadernos publicados: Hora 0 [...] y Gethsemani, Ky. [...] El primero es de poesía política, apasionada, viril, contra las injusticias de su Patria. El otro tiene como fondo su experiencia religiosa en el monasterio trapense [...] [Cardenal] se dedica por completo a la vida religiosa e intelectual. Trabaja incansablemente en grandes poemas históricos, reelaborando los materiales literarios prehispánicos, las crónicas de la conquista, los documentos coloniales.

El mismo año en que se publican sus Epigramas, 1961, Cardenal se traslada al Seminario de Cristo Sacerdote en La Ceja, Antioquia, Colombia (la patria del que será el famoso sacerdote guerrillero Camilo Torres), donde estudia teología. En Colombia publica dos nuevos cuadernos: Salmos (Universidad de Antioquia, 1964) y Oración por Marilyn Monroe y otros poemas (Medellín, 1965). Ya para entonces, a pesar de haber dado a conocer una obra relativamente exigua, es sin duda uno de los poetas hispanoamericanos más impactantes del momento. De regreso a Nicaragua, recibe en su capital, Managua, las órdenes sacerdotales el 15 de agosto de 1965. Pocos meses después anuncia a sus amigos, en una "Carta a Solentiname" que recibo mimeografiada, que el domingo 13 de febrero de 1966 (es decir, dos días antes de la muerte en la guerrilla colombiana del padre Camilo Torres) había llegado "a la isla de Solentiname", pequeño archipiélago del gran lago Nicaragua, casi enteramente cortado del mundo, en una de cuyas islas, Mancarrón, fundaría una comunidad contemplativa "para ponernos en comunicación con el autor de estas criaturas y el autor de la Vida, que como S. Juan nos dice, no es otro sino el mismo Amor". Abriendo paso en la tupida maleza con el auxilio de dos compañeros colombianos, levantan en torno a una iglesia varias modestas viviendas. Los escasos habitantes de la región "de todas las islas han venido en canoas con gran alegría a la misa". Pero los más no saben leer. Y el primer paso en el movimiento litúrgico consistirá en alfabetizar el Archipiélago de Solentiname; como el sermón del Miércoles de Ceniza tendrá que versar especialmente sobre las letrinas. "En realidad," sigue diciendo Cardenal, "para enseñar el Catecismo a los niños hay que empezar por hacer que no mueran los niños." Y en otro lugar: "Debemos arrancar desde las propias bases." Se había dado inicio a una de las experiencias espirituales más significativas de este tiempo, la cual habría de durar doce años y tener consecuencias imprevisibles en su comienzo.

Ese año 1966, aparece en Madrid, con un inmenso prólogo manuscrito de Coronel Urtecho, el libro de Cardenal El Estrecho Dudoso. Se trata, para recordar la introducción a los Epigramas, de aquellos "grandes poemas históricos" en que Cardenal ha reelaborado en México, con ácida mirada modernizadora, "las crónicas de la conquista, los documentos coloniales". Tres años después, en 1969, Cardenal publica en León, Nicaragua, su poemario Homenaje a los indios americanos, emparentado estrechamente con el libro anterior: si en éste, valiéndose de los propios textos, desarticulados o rearticulados, de los conquistadores (como había hecho Archibald MacLeish en su gran poema Conquistador, 1932, que tanto influiría en Cardenal), aparece en su espanto lo que fue para nuestras tierras (y en especial para "El Estrecho Dudoso", el paso entre los dos océanos que se buscaba en lo que es hoy Nicaragua) el ejercicio del "fardo del hombre blanco", en el Homenaje... Cardenal asumirá la "visión de los vencidos", según el título de un libro clásico del mexicano Miguel León Portilla, evocará el mundo armonioso de los verdaderos descubridores de nuestro continente, los mal llamados "indios americanos", y mostrará su destrucción, continuada hasta hoy, por los depredadores occidentales. Sin que, tanto en un libro como en otro, dejen de ser señalados los hombres o las circunstancias de signo contrario, como Las Casas en un libro, Mayapán en otro. Aunque Cardenal escribirá después muchos otros poemas, y al menos dos aparecerán a veces en forma de cuadernos (Canto nacional y Oráculo sobre Managua), Homenaje... es el último libro suyo de poemas publicado hasta la fecha. En 1970, en cambio, verá la luz en Buenos Aires su primer libro en prosa: Vida en el amor, también con prólogo de Merton, meditación mística escrita en el monasterio de Cuernavaca.

1970 tendría una importancia enorme en la vida de Cardenal. Invitado por la Casa de las Américas para formar parte del jurado de su premio anual de literatura, Cardenal visitó por primera vez la Cuba revolucionaria: así pudimos encontrarnos personalmente, después de años de correspondencia. Por muchas razones, Cardenal se encontraba en situación bien propicia para entender la revolución cubana, aunque ésta ostensiblemente no reclamara una filiación cristiana sino marxista-leninista. Pero cuando algunos sectores reaccionarios de la iglesia católica cubana intentaron volver a los creyentes de dicha iglesia contra la revolución, en 1959, Fidel había dicho que el que está contra el pobre está contra Cristo. Apenas había comenzado entonces un proceso de acercamiento primero, y de fusión después, entre los cristianos revolucionarios y los revolucionarios socialistas, proceso que aún no ha terminado, que se expresará en cuerpos de ideas como la "Teología de la Liberación", y en el que Cardenal iba a desempeñar un papel de gran importancia:

Mi experiencia en Cuba [dirá él en una entrevista en 1971 y repetirá luego] se convirtió en algo fundamental para mí. Ha sido la experiencia más importante de mi vida después de mi conversión religiosa [...] Fue, en realidad, una conversión a la revolución. Antes, creía que debíamos buscar un tercer camino en la América Latina, pero en Cuba me encontré con que el camino era el de ellos, y que su revolución era muy buena y que había el deber de respaldarla.7

De aquella visita, y de otra que hiciera al siguiente año "bastante más rápida, con el propósito principal de hablar con Fidel", nacería uno de los más convincentes libros testimoniales escritos sobre la revolución cubana: En Cuba, (Buenos Aires, 1972). Además de un collage de textos varios, Cardenal sobre todo recoge allí con minuciosidad cuanto vio y cuanto le contaron, incluso los comentarios adversos. Somete estos últimos a la prueba de fuego de su comprobación personal. En 1970, una noche llegó a mi casa antes de la hora prevista para una reunión con él. No hubo más remedio que hacerlo compartir lo que teníamos para comer. Leyendo luego su libro me entero, por el capítulo "Cena en casa de Retamar", que le habían dicho que yo tenía privilegios, y por sí mismo vio que yo vivía en la misma casa donde vivo desde mucho antes del triunfo revolucionario, que esa casa es modesta, que yo comía lo que todos. Este pequeño hecho personal muestra el método sencillo y eficaz con que hizo su libro. Huroneando por todas partes, como una suerte de padre Brown tan lleno de candor y de agudeza como el personaje de Cherterton (pero sin sotana: con la cotona que es la camisa del campesino nicaragüense, blue jeans, sandalias y una boina negra sobre la larga cabellera blanca), Cardenal tomó el pulso al país. No todo le pareció bien, desde luego: tampoco a nosotros. Vio religiosos muy poco o nada cristianos, vio revolucionarios esquemáticos; pero no vio, porque no los hay, mendicidad ni analfabetismo ni discriminación ni prostitución ni lujo ni miseria ni injusticia que no se estuviera en vías de reparar. Paseando por La Habana, comenta con el escritor uruguayo Mario Benedetti: "Yo me he retirado del mundo para vivir en una isla, porque me repugnan las ciudades. Pero ésta es mi ciudad. Ahora veo que yo no me había retirado del mundo, sino del mundo capitalista."8

También en 1972 un largo poema revela la transformación de Ernesto: "Canto nacional", valientemente dedicado al FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Regresa allí el poeta, nunca desaparecido del todo, de Hora 0, con más complejidad y con más incisiva conciencia de clase. Él se siente (se sabe) voz de su pueblo; traza la historia rapaz de los nuevos conquistadores yanquis; invoca el proceso revolucionario que "viene desde los astros" y "es más todavía: / el Che después de muerto sonreía como recién salido del Hades"; nombra con ternura voraz la fauna, la flora, el paisaje; vuelve desde luego a evocar a Sandino; afirma su fe en la lucha y en lo que ha de ser la revolución triunfante, y la conjunción de sus dos creencias: "Comunismo o reino de Dios en la tierra, que es lo mismo."

Un terremoto que destruyó el centro de Managua le provocará a Cardenal otro poema largo e intenso: "Oráculo sobre Managua" (1973). El poeta compara este centro citadino con un barrio de extrema pobreza, Acahualinca ("Damnificados de un sismo permanente, no vendrán aviones / trayendo alimentos enlatados a esta gente / medicamentos, casas de campaña, agua potable"); hace cruzar por sus versos a jóvenes héroes cuya "canción de gesta fue un periódico que se llevó el viento"; exhorta: "Que digan los arzobispos al pueblo, éstos son tus opresores" (así iba a hacer Monseñor Romero, y sería asesinado por ello, convirtiéndose en un mártir de la revolución salvadoreña); vuelve a ser el autor de Vida en el amor, que ha leído y citado allí a Teilhard de Chardin, y exclama en páginas de apasionado amor por el hombre tal como vive en nuestro frágil planeta: "Y Yavé dijo: Yo no soy, Yo seré. Yo soy el que seré, dijo / Yo soy Yavé, un Dios que aguarda en el futuro / [...] Conoceremos a Dios cuando no haya Acahualincas". Inesperadamente, asoma el propio poeta, tan pudoroso para hablar de sí mismo: "La mano de los epigramas de amor manejó una Madzen."

El poeta que había alcanzado esta poderosa voz admonitoria y profética, ¿cómo seguía su vida en su retirada comunidad de Solentiname? La respuesta la ofrece el tercer libro en prosa de Cardenal: aunque en rigor no sea una obra enteramente suya. Así me lo hace saber en la dedicatoria: "este libro mío y de los campesinos de Solentiname. Patria o Muerte. Venceremos". Se trata de El Evangelio en Solentiname (Salamanca, 1975). Ernesto explica en la introducción del libro que en su comunidad "tenemos los domingos, en vez de un sermón sobre el evangelio, un diálogo". Y añade: "Los comentarios de los campesinos suelen ser de mayor profundidad que la de muchos teólogos, pero de una sencillez como la del mismo evangelio. No es de extrañarse: el evangelio o "buena nueva" (la buena noticia a los pobres) fue escrita para ellos, y por gente como ellos." En efecto, en este impresionante libro, que explica claramente por qué en sociedades esclavistas modernas se impidió a los esclavos conocer el evangelio, se siente vivir "la historia del cristianismo primitivo", la cual, según la clásica comparación de Engels, "tiene notables puntos de semejanza con el movimiento moderno de la clase obrera".9 La lectura del volumen no deja mucho lugar a la duda sobre cuál será el destino inmediato de sus limpios y fervorosos comentaristas. En 1976, Ernesto acude al Tribunal Russell II para exponer ante el mundo el horror de la tiranía del nuevo Somoza, quien cuenta, como contó su padre, con el pleno apoyo del gobierno norteamericano. Al año siguiente, 1977, un grupo de miembros de la comunidad de Solentiname, imbuido de las enseñanzas recibidas allí, ataca el cuartel militar de San Carlos, el pueblo más cercano al archipiélago. Los sobrevivientes del asalto se internan en el monte y continúan la lucha. La sanguinaria Guardia Nacional somocista destruye Solentiname. Cardenal, condenado en ausencia, debe asilarse en Costa Rica, donde da a conocer su condición de militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Enviado por el Frente, recorre varios países en misión de denuncia. En 1978 regresa a Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas. Nos da entonces para publicar "Lo que fue Solentiname (Carta al pueblo de Nicaragua)".10 El doloroso documento, que es el reverso de la "Carta de Solentiname" escrita doce años atrás, concluye: "No pienso en la reconstrucción de nuestra pequeña comunidad de Solentiname. Pienso en la tarea mucho más importante que tendremos todos, que es la reconstrucción del país entero."

Lo demás es bien sabido: coronando una heroica lucha de varias décadas, con el FSLN a la cabeza, el pueblo nicaragüense derroca al ominoso régimen somocista y obtiene un triunfo total el 19 de julio de 1979. Cardenal, que el día anterior ha llegado clandestinamente en un avión al país, como contará en su poema "Luces",11 es nombrado Ministro de Cultura del Gobierno de Reconstrucción Nacional.

* * *

Supongo que debo decir algo de la "poética" de Cardenal, o al menos de la procedencia y de ciertos caracteres de su poesía. Cardenal mismo ha sido bien explícito sobre esto. La procedencia más visible de su poesía (que en otro lugar he llamado "conversacional")12 es lo mejor de la poesía norteamericana moderna. Algunos han expresado su asombro ante el hecho de que un hombre tan antimperialista como Cardenal reconozca una y otra vez su deuda con dicha poesía: como si fuera posible homologar la "New Poetry" con la política rapaz del Imperio. Seguramente aquéllos ignoran que a José Martí, el magno poeta que fue el primer antimperialista cabal de nuestra América, "España y la América española le debieron, en gran parte, la entrada poética de los Estados Unidos", como dijo Juan Ramón Jiménez.13 Sin embargo, no es a Martí a quien se remite en este punto Cardenal; ni siquiera al intento realizado en México algo después de 1920 por aclimatar la poesía norteamericana en Hispanoamérica (intento que ha sido llamado por José Emilio Pacheco "la otra vanguardia",14 y entre cuyos impulsores se contó un nicaragüense bilingüe, Salomón de la Selva, quien fue poeta destacado primero en inglés y luego en español), sino al magisterio ya mencionado de José Coronel Urtecho, el cual desde su regreso en 1927 de los Estados Unidos y la fundación del Grupo Vanguardia se convirtió en el principal difusor de los poetas norteamericanos en nuestras tierras. El propio Cardenal, cuando adquirió el conocimiento del inglés en los Estados Unidos, colaboró con Coronel Urtecho en la realización de una gran antología de poesía norteamericana traducida al español (Madrid, 1963). Para Ernesto, su principal influencia poética ha sido Ezra Pound. Al preguntarle Benedetti en qué consistía en realidad dicha influencia, Cardenal explicó:

Principalmente, en hacernos ver que en la poesía cabe todo, que no existen temas o elementos que sean propios de la prosa, y otros que sean propios de la poesía. Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede también decirse en poesía. [...] Otra de las enseñanzas de Pound ha sido la del ideograma, o sea el descubrimiento de que la poesía se escribe exactamente en la misma forma que el ideograma chino, es decir, a base de superposición de imágenes. [...] La de Pound es una poesía directa; consiste en contraponer imágenes, dos cosas contrarias o bien dos cosas semejantes que al ponerse una al lado de la otra producen una tercera imagen. [...] Es también lo que hace el cine con los montajes de imágenes.15

Se conoce la lamentable evolución política de Pound, que lo situó en los antípodas de la que llegaría a ser la posición política de Cardenal. Pero éste utiliza la técnica del montaje para sus propios fines. Tal hecho, desde luego, no es nuevo. Por ejemplo, de la ostranenie o "singularización" de Shclovski, considerada por éste como un "procedimiento" artístico, Bertolt Brecht (quien gracias a Sergio Tretiakov supo del aporte de Shclovski) derivó su teoría del "distanciamiento" o "extrañamiento", no ya sólo como un "procedimiento" artístico, sino como un arma en la lucha de clases.16 Así ha actuado Cardenal: la superposición de imágenes a la manera del ideograma chino, o del montaje cinematográfico, no ha sido tampoco para él simplemente un procedimiento artístico (Cardenal, como Brecht, tiene de la literatura, sin mengua de su imprescindible calidad, una concepción utilitaria, de servicio17), sino una manera de revelar determinados hechos, y eventualmente de combatirlos, a partir de materiales que el lector debe conocer, al menos en parte, para descodificar plenamente el mensaje. De ahí que la claridad de la poesía de Cardenal sea relativa, aunque él no llegue nunca a las dificultades de Pound. Cardenal llama a su poesía, y a la que prefiere de su país y del mundo todo, "exteriorista", término que según él18 fue creado por Coronel Urtecho, y que Ernesto define como

la poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el mundo específico de la poesía. El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y hechos dichos. En fin, es la poesía impura.19

Pero ese "exteriorismo", como se ve con toda claridad precisamente en el montaje de las imágenes cinematográficas,20 no se ofrece sin más, pues implica la contraposición de dos imágenes (una de las cuales, en poesía, puede no estar explícita, pero de alguna manera debe ser conocida por quien lee) para que aparezca un tercer elemento en el lector, que está así obligado a abandonar su papel pasivo, ante una genuina obra abierta. Por ejemplo, la primera edición (1961) de los Epigramas de Cardenal, además de cuarenta y nueve poemas originales suyos, incluía treinta y cuatro de Catulo y treinta y nueve de Marcial en versiones libres de Ernesto. Aunque las ediciones de conjunto de su poesía han solido prescindir de estas versiones, ellas ayudan a la mejor lectura de los propios epigramas de Cardenal. Si por una parte Pound lo llevó también a interesarse en los epigramáticos latinos, por otra parte, en el contrapunto con ellos (y con las versiones de Pound) se pone de manifiesto la distinta perspectiva del poeta centroamericano, su "visión tercermundista", cómo él "mira las cosas desde la orilla americana [...] que nos devuelve, por la puerta de servicio, al mundo de la lucha política, al antisomocismo, es decir, antirriqueza, antimetropolitanismo, antiimperialismo, que es la victoria del proamor y de la propoesía", según ha señalado acertadamente Ariel Dorfman.21

En los Salmos (1964), sobre el mundo que se rechaza enérgicamente del capitalismo moderno, con guerras, gángsters, politicastros, tiranuelos apuntalados (como Somoza), caen las versiones de veinticinco de los ciento cincuenta salmos del Salterio, actualizados con los términos que entendemos ahora.

Es innecesario, casi ofensivo, llevar al lector de la mano a través de todos los ejemplos que ofrece Cardenal en su poesía: el resultado de su montaje de imágenes, y lo que da un grave dramatismo, una tensa inmediatez a sus textos, es que nos hace vivir aquí y ahora la creación del cosmos y el apocalipsis, la conquista española, la destrucción de las culturas aborígenes, la expansión del imperialismo yanqui sobre nuestras tierras, el engaño y la crueldad de la sociedad capitalista; vemos hacerse ante nosotros a un Dios que será y a una revolución que viene desde los átomos de hidrógeno de los espacios intergalácticos y es continuada por las luchas de Sandino, del Che, de "los pobres de la tierra". En la lectura activa que requiere su poesía (en la cual se revela la evidente evolución ideológica del autor), el universo es real y es ahora y es hermoso y es amor y es lucha.

* * *

Pocos días después del triunfo revolucionario nicaragüense (y por supuesto gracias a él) estuve al fin en Nicaragua. Con Ernesto y algunos de los miembros de lo que fuera su comunidad (o como después diría él, su comuna) de Solentiname -los muchachos vestidos de soldados y armados, todos alegres en el viaje como niños- visité lo que quedaba de esa comuna. En una avioneta que el viento zarandeaba llegamos a San Carlos, cuyo cuartel de muros oscurecidos conservaba los rastros del ataque de 1977. Luego, en una barcaza, cruzando el lago de impresionante belleza, fuimos al archipiélago, a Mancarrón. Era la primera vez que todos ellos (Ernesto, Olivia, Bosco, Alejandro, Nubia, Iván, otros: con el recuerdo de Elbis, Felipe y Donald, caídos en el combate o asesinados) visitaban el sitio desde que lo abandonaran para ir a pelear unos, para salir al exilio otros; desde que la Guardia somocista lo asolara. La hierba tropical iba reconquistando su espacio. Pero quedaban ruinas que podrían volver a levantarse. Quién encontraba una revista chamuscada, quién un libro, quién un trozo del escaso mobiliario. Yo miraba, más que a las cosas, al rostro de Ernesto y de los demás. Doce años de su vida habían transcurrido en esos parajes, primero en la contemplación, luego en el crecimiento hacia la acción nacida del amor y del sacrificio. Tantas realidades habían nacido allí para dar la vuelta al mundo: poemas, cuadros, artesanías, amores, sueños, la revolución. No han desaparecido. Ellos saben que viven. Nicaragua es ahora un gran Solentiname.

Querría terminar aquí, con esta especie de final feliz. ¿Pero acaso puedo hacerlo? Mientras escribo estas páginas, las noticias no pueden sino inquietar. El pequeño Solentiname fue arrasado por los bárbaros somocistas. Decir que Nicaragua es ahora un gran Solentiname, ¿qué significa? ¿Podría este hermoso, empobrecido, combatiente país llevar adelante en paz sus proyectos de terminar con la miseria, con la opresión (con el analfabetismo ya ha terminado): construir el mundo de amor y justicia por el que ha clamado con grandiosa voz de profeta Ernesto Cardenal? Y nosotros, en el resto del orbe, ¿permaneceremos impasibles si de nuevo Solentiname es agredido? ¿Se tiene el derecho de elogiar las palabras de un hombre superior como Cardenal y no ser fieles a lo que dicen esas palabras? Admirar de veras a este extraordinario poeta exige defender sus ideales, su pueblo, su poesía, su verdad, necesarios para nuestra vida, para que la vida tenga sentido, desde los astros lejanos hasta las muchachas y los muchachos color de tierra suave que son ahora los mejores poemas de Ernesto Cardenal.

La Habana, 3 de diciembre de 1981.


NOTAS AL PIE:

* Prólogo a la antología de poemas de Ernesto Cardenal que me fue solicitada por Ángel Rama para ser publicada por Förlaget Nordau, en Estocolmo.

1 Nueva poesía nicaragüense, introducción de Ernesto Cardenal, selección y notas de Orlando Cuadra Downing, Madrid, 1949.

2 R.F.R.: "Situación actual de la poesía hispanoamericana", Revista Hispánica Moderna, Año XXIV, octubre, 1958, No. 4. También puede consultarse en el libro del autor Para el papel definitivo del hombre, La Habana, 1981.

3 Entre esas sumas parece tener interés especial Poemas reunidos /1949-1969, presentación y epílogo de Antidio Cabal, Universidad de Carabobo [Venezuela], 1972. Al frente de este libro aparecen estas palabras de Cardenal: "He copiado de nuevo gran cantidad de poemas, he corregido mucho, he terminado poemas que desde años estaban en borrador, he desenterrado muchas cosas inéditas." Más actualizada es Poesía, selección y prólogo [de] Cintio Vitier, La Habana, 1979. Si no se indica otra cosa, las citas de poemas de Cardenal provienen de esta última edición.

4 Ernesto Cardenal "Ansias y lenguas de la poesía nicaragüense", introducción a Nueva poesía nicaragüense, cit. en nota 1, p. 67.

5 En su prólogo, Merton afirma que los poemas de ese cuaderno son "una serie de sketches con toda la pureza y el refinamiento que encontramos en los maestros chinos de la dinastía T'ang", y añade: "Jamás la experiencia de la vida de noviciado en un monasterio cirtenciense había sido dada con tanta fidelidad, y al mismo tiempo con tanta reserva."

6 Esta expresión la aplicó José Coronel Urtecho a Darío en su "Oda a Rubén Darío", de 1925: cf. Nueva poesía nicaragüense, cit. en la nota 1, p. 249. El propio Mejía Sánchez la utiliza en su introducción.

7 Cf. "La experiencia más importante", Casa de las Américas, No. 70, enero-febrero de 1972, p. 182. Otras entrevistas de interés sobre el tema se hallan en el libro misceláneo de Cardenal La santidad de la revolución, Salamanca, 1976.

8 Ernesto Cardenal: En Cuba, Buenos Aires, 1972, p. 15.

9 Federico Engels: "Sobre la historia del cristianismo primitivo", en Carlos Marx [y] Federico Engels: Sobre la religión, Buenos Aires, 1959, p. 272. Cf. también la introducción de Engels a la obra de Marx Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, La Habana, 1973, pp. 34-36.

10 Ernesto Cardenal: "Lo que fue Solentiname (Carta al pueblo de Nicaragua", Casa de las Américas, No. 108, mayo-junio de 1978.

11 Ernesto Cardenal: "Luces", Casa de las Américas, No. 117, noviembre-diciembre de 1979.

12 R.F.R.: "Antipoesía y poesía conversacional en Hispanoamérica", 1968, en Varios: Panorama de la actual literatura latinoamericana, La Habana, 1969. También puede consultarse en el libro del autor Para el perfil... (cit. en nota 2), en cuya página 203 se lee: "la poesía de quien, como he dicho varias veces, considero el primero entre los poetas del Continente que siguen a las grandes figuras de la vanguardia: Ernesto Cardenal".

13 Juan Ramón Jiménez: "José Martí (1895)", Españoles de tres mundos, Buenos Aires, 1942, p. 33.

14 José Emilio Pacheco: "Nota sobre la otra vanguardia", Casa de las Américas, No. 118, enero-febrero de 1980.

15 Mario Benedetti: "Ernesto Cardenal: evangelio y revolución", Los poetas comunicantes, Montevideo, 1972, p. 101.

16 Cf. André Gisselbrecht: "Marxisme et théorie de la littérature", Littérature et ideólogies, número especial de La Nouvelle Critique, 39 bis, c. 1970, p. 31.

17 "El antologista es de los que creen que la literatura sola, la literatura por la literatura, no sirve para nada. La literatura debe prestar un servicio. Por lo mismo, la poesía debe también ser política. Aunque no propaganda política, sino poesía política." Ernesto Cardenal: "Introducción" a Poesía nicaragüense, selección y prólogo [y notas] de E.C., La Habana, 1973, p. vii.

18 Op. cit., p. 67.

19 Op. cit., p. viii.

20 Entre numerosos trabajos de S. M. Eisenstein sobre el tema, cf. "El ideograma y los principios cinematográficos" (1929), en su obra El sentido del cine..., La Habana, 1967.

21 Ariel Dorfman: "Tiempo de amor, tiempo de lucha: la unidad de los Epigramas de Cardenal", Texto Crítico, Revista del Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, No. 13, abril a junio de 1979, pp. 14 y 15.