Del 12 al 15 de noviembre de 2002
 
     
 
 

 

De EMERGENCIAS. ESCRITOS SOBRE LITERATURA, ARTE Y POLITICA,
selección de ensayos de Diamela Eltit, reproducimos algunas reflexiones sobre lo que ella misma denomina "una estética desde la escritura propia"

[D]esde mi dedicación ya antigua al ejercicio literario, me gustaría esbozar aquí algunos de los pensamientos que me han acompañado y, más aún, me han sostenido en estos años en los que escribir y generar libros ha sido la actividad compleja que ha marcado mi tiempo. Hablando desde una perspectiva estrictamente personal, lo literario tiene para mí un doble sentido, por una parte un aspecto lúdico relacionado con la combinatoria arriesgada de los códigos lingüísticos y sus impactos estéticos y, por otra la presencia ceremonial e íntima de la escritura como zona de incertidumbre, de suspenso y de riesgo en el empeño por la construcción nómada de sentidos sociales.
Me interesa y me sigue apasionando la ambigüedad que se puede generar a través de los sentidos literarios, esa apertura que algunos libros presentan quebrando lo monolítico del relato acabado. Me reconozco seducida por ciertos microrelatos que atraen sobre sí innumerables gestos, rictus y simulacros estéticos, y que permiten la circulación rebelde de fragmentos estratégicos oprimidos por las culturas oficiales. El campo de trabajo literario que me convoca, en tanto productora y lectora, contempla la fragmentariedad y la superposición de hablas, contempla aun lo inacabado como estrategia narrativa y, a manera de una metáfora, quiero decir que contempla incluso la estrategia de la estrategia como escenario de escritura, en un acto de liberación de los sentidos y de protección contra la ideologización de la literatura.
Por supuesto, pienso lo literario como un campo múltiple de opciones y prácticas, soy una incondicional admiradora de la gran tradición literaria en lengua española, especialmente la literatura medieval y el impresionante barroco y, a la vez, me siento relacionada con aquellas literaturas en las que lenguaje y sentido comparten un espacio privilegiado de despliegue y repliegue, en un juego no exento de opacidad y misterio. Pienso en el lector. Siento al lector como una cifra cómplice del texto, como un operador de la tarea de desentrañamiento, quiero decir, el acto de leer no puedo imaginarlo como una aventura en que lo más importante es aventurar y aventurar y aventurarse.
En este sentido es que pienso también en el hacer literario como un campo político privilegiado de la escritura, como otra aventura múltiple e irreductible donde lo que está en la mira, en el microscopio textual, son los poderes de las estéticas y sus relaciones con la virtualidad social, ya en desacato, ya en armonía. Después de tantos años me sigue deslumbrando el poder estético de la escritura literaria, esa conmoción que generan sus signos, sentidos e imágenes y la capacidad de iluminar percepciones, sensaciones, pensamientos enteros.


Sé que mi opción literaria conlleva algunos riesgos y puede generar, en algún lugar, un cierto malentendido, no obstante me gustaría enfatizar el hecho de que más allá de cualquier discurso, más allá de este mismo discurso está viva y en curso mi batalla por escribir, esta larga batalla por el sentido, por establecer, desde las orillas que he escogido, una porción de sentido.


Continúo absorta en el empeño por escribir, por mantener una mirada vigilante y autocrítica sobre mis libros porque considero que soy habitada por una artesana que debe revisar en cada oportunidad sus técnicas, una narradora que escribe en mí y que más que respuestas mantiene preguntas, más que certezas, dudas y que está abierta a replantearse de principio a final si un nuevo planteamiento literario se vuelve necesario.
Como escritora sometida a ciertos avatares producto de una cultura restrictiva, como autora considerada quizás, en parte, conflictiva quiero resistir el dejarme envolver en catalogaciones que ya me parecen, por qué no decirlo, inaceptables y sospechosas. Con trabajo y sólo con un exhaustivo trabajo he ido construyendo a través de creatividad, estudios y lecturas, algunos saberes móviles a los cuales no quiero renunciar en aras de un facilismo complaciente. Aunque, repito, estoy abierta a revisar cada fragmento, cada capítulo, cada escrito y más allá de las imperfecciones literarias que me rondan y me desafían, la gran ganancia de estos años dedicados a la literatura, consiste precisamente en eso, en saber que el trabajo con las estéticas no es inocente, que lo literario se sostiene en la modificación crítica de los sentidos, que el placer de leer está anclado en la problematización que una obra plantea cuando le toca el imaginario sensible de un lector, que la pluralidad narrativa descansa en la diversidad.


El fin de la literatura o, más bien, el fin del libro literario se convirtió en uno de los presagios sostenidos en la segunda mitad del siglo XX. El augurio de este fin aludía, especialmente, a una disputa de prácticas estéticas en donde se señalaba al libro como como un objeto anacrónico que difícilmente se mantenía a flote en una época que se volcaba a la tarea de deshacer y rehacer sus signos culturales.

En una competencia abierta con la imagen, con la suma alucinante de prácticas audiovisuales, el libro literario del siglo XX fue valorado por los macro discursos sociales en tanto portador del sentido y en cuanto fue capaz de representar la cultura en el interior de una trama social que se caracterizó por su creciente descultura. El libro, entonces, ha sido conceptualizado como un espacio conservador, susceptible de eludir los desbordes producidos por las nuevas sensibilidades regidas por los objetos frágiles. El libro se presenta, en este panorama, como la cita de una antigua solidez, como la memoria de una arquitectura del sentido, como un medio que garantiza el carácter plural y consistente del lenguaje.


La cultura del sentido común (sentir lo vivo, sentirse vivo) toca -cómo no- a la institución literaria obligando a la industria editorial a auspiciar y promover producciones adecuadas al nuevo tiempo (que ya contiene los signos de una impresionante antigüedad). ¿Cuáles son los productos literarios adecuados? Simplemente los que forman parte de los acotados sentidos de un presente, una literarura que en vez de consumarse se consuma y para que así suceda, los hilos del mercado exploran inteligentemente trazos (trozos) posibles entre los centros y las periferias, transformando -fugazmente- a la periferia en centro: literatura de jóvenes, literatura de mujeres, literaturas del Este. Para que esta literatura participe -fugazmente- de la atención de los centros, se le solicita su engranaje a una problemática especular (la crisis del Este, por ejemplo, que da sentido a sus autores literarios reprimidos, emigrados, difuntos), o bien su filiación a una audacia inteligible que sea capaz de relatar eróticas y remodelar los antiguos discursos.


Rememorar la emergencia del CADA (Colectivo Acciones de Arte) en el año 1979, puede adquirir, en mi caso, un matiz extremadamente testimonial por haber sido una de las integrantes de un grupo de arte que dejó tras de sí un conjunto de materiales que permanecen no oficializados y esa falta de oficialización constituye -hay que decirlo- entre otras cosas un riesgo, un mérito, una carencia, un enigma, un problema.


Me interesa la parte artesanal que tiene el escribir una novela -quiero decir; una palabra, otra palabra, esa exacta única palabra, la página-, la lentitud en la cual se van organizando los sentidos, una cierta noción del tiempo (durante el tiempo de escritura se anula mi propia vida, se suspende mi propia muerte), los estadios entrelazados y paradójicos de creación y de muerte que se juegan allí, el enfrentarse a cada instante al sentido y al sinsentido de un hacer tan ambiguo, tan material por otra parte... en fin.

Todo esto para decir que escribo solamente porque me gusta, me apasiona escribir y si me gusta escribir pues escribiré lo que me gusta. Y por eso, mi única limitación son mis propias limitaciones que, claro, desgraciadamente, son variadas y constantes.

Como yo no nací en cuna de oro y me enfrento diariamente a salvar la subsistencia de mi familia y la mía propia, estoy a perpetuidad en la vereda de las trabajadoras y porto la disciplina, pero también la rebeldía legítima y legal de la subordinada social. Por eso, tal vez, desde mi infancia de barriobajo, vulnerada por crisis familiares, como hija de mi padre y de sus penurias, estoy abierta a leer los síntomas del desamparo, sea social, sea mental. Mi solidaridad política mayor, irrestricta, y hasta épica, es con esos espacios de desamparo, y mi aspiración es a un mayor equilibrio social y a la flexibilidad en los aparatos de poder.


Hablando desde una perspectiva estrictamente personal, lo literario tiene para mí un doble sentido, por una parte un aspecto lúdico relacionado con la combinatoria arriesgada de los códigos lingüísticos y sus impactos estéticos y, por otra la presencia ceremonial e íntima de la escritura como zona de incertidumbre, de suspenso y de riesgo en el empeño por la construcción nómada de sentidos sociales.

Me interesa y me sigue apasionando la ambigüedad que se puede generar a través de los sentidos literarios, esa apertura que algunos libros presentan quebrando lo monolítico del relato acabado. Me reconozco seducida por ciertos microrrelatos que atraen sobre sí innumerables gestos, rictus y simulacros estéticos, y que permiten la circulación rebelde de fragmentos estratégicos oprimidos por las culturas oficiales. El campo de trabajo literario que me convoca, en tanto productora y lectora, contempla la fragmentariedad y la superposición de hablas, contempla aún lo inacabdo como estrategia narrativa y, a manera de una metáfora, quiero decir que contempla incluso la estrategia de la estrategia como escenario de escritura, en un acto de liberación de los sentidos y de protección contra la ideologización de la literatura.

Por supuesto, pienso lo literario como un campo múltiple de opciones y prácticas, soy una incondicional admiradora de la gran tradición literaria en lengua española, especialmente la literatura medieval y el impresionante barroco y, a la vez me siento relacionada con aquellas literaturas en las que lenguaje y sentido comparten un espacio privilegiado de repliegue, en un juego no exento de opacidad y misterio. Pienso en el lector. Siento al lector como una cifra cómplice del texto, como un operador de la tarea de desentrañamiento, quiero decir, el acto de leer no puedo imaginarlo sino como una aventura en la que lo más importantes es aventurar y aventurar y aventurarse.

En este sentido es que pienso también en el hacer literario como un campo político privilegiado de la escritura, como otra aventura múltiple e irreductible donde lo que está en la mira, en el microscopio textual son los poderes de las estéticas y sus interrelaciones con la virtualidad social, ya en desacato, ya en armonía. Después de tantos años me sigue deslumbrando el poder estético de la escritura literaria, esa conmoción que general sus signos sentidos e imágenes y la capacidad de iluminar percepciones, sensaciones, pensamientos enteros.