Del 12 al 15 de noviembre de 2002
 
     
 
 
FICCIONES
(fragmentos de novelas)




LUMPÉRICA

Su cintura es a mi cintura gemela en su desgaste, diversa en su medida. En todo caso irreductible, su cintura se establece provocadora al demarcar zonas erógenas en el balanceo que da cabida al torso y al desplazamiento de los muslos. Pero nadie podría descubrir allí ninguna forma de belleza porque su cintura es connotada por su amorfidad, nada hay en ella que solace la mirada o que la detenga en ese punto y al no proponer el vuelo de la imaginaría, su cintura permanece como la mía inexplorada.

Su cintura es a la mía gemela en su inexistencia.
Su cintura es un punto definitivo de abandono.
Su cintura es la penitenciaría/ es el éxtasis del final.
Su cintura es gemela a la mía en la pertinaz insistencia
en esta vida, es marginación.
Su cintura ¡ay su cintura! Es gemela a la mía en la transparencia al alma.
Su alma es material.
Su alma es establecerse en un banco de la plaza y elegir como único paisaje verdadero el falsificado de esa misma plaza.
Su alma es cerrar los ojos cuando vienen los pensamientos y reabrirlos hacia el césped.
Su alma es este mundo y nada más en la plaza encendida.
Su alma es ser L. Iluminada y ofrecerse como otra.
Su alma es no llamarse diamela eltit/ sábanas blancas/
cadáver.
Su alma es a la mía gemela.

 

POR LA PATRIA

Hace todos los días que no te veo y sufro mucho y me revuelco mucho con el primero que encuentro. No encuentro como comunicarme contigo y por eso acudo a las palabras por si pudieras soslayar el analfabeto y actuar de alguna manera y eficaz. Porque cuando hace todos los días que no te veo, ya no te puedo disculpar de manera alguna, ni aunque te sangraran las rodillas, las narices y la boca de pedir perdón a mí, yo me abriría de nuevo para mostrarte abajo lo tupida que estoy. No me quejo de todo, porque te has perdido cosas lindas aquí; el honor, el orgullo y el hábito que cada día nos apunten, como si de nosotros, por nosotros no más, estuviera de acabo el mundo. La maldad nuestra es ahora inconmensurable.

 

EL CUARTO MUNDO

Un 7 de abril mi madre amaneció afiebrada. Sudorosa y extenuada entre las sábanas, se acercó penosamente hasta mi padre, esperando de él algún tipo de asistencia. Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional.

La fiebre volvía extraordinariamente ingrávida a mi madre. Su cuerpo estaba librado al cansancio y a una laxitud exasperante. No hubo palabras. Mi padre la dominaba con sus movimientos que ella se limitaba a seguir de modo instintivo y desmañado.

Después, cuando todo terminó, mi madre se distendió entre las sábanas, durmiéndose casi de inmediato. Tuvo un sueño plagado de terrores femeninos.

Ese 7 de abril fui engendrado en medio de la fiebre de mi madre y debí compartir su sueño. Sufrí la terrible acometida de los terrores femeninos.

 

EL PADRE MIO

El Padre Mío es el que da las órdenes para eso, pero yo no soy cómplice con él, ya que está esperando la usurpación bancaria para que no queden atenuantes y quedarse con las garantías bancarias de los Ilustrísimas que representan esos cargos de concesión de las contribuciones generales de la Administración del país. Si ustedes me hacen el servicio de lo que yo necesito para hacer mis diligencias, ya que puedo solucionarles esa solución. Pero a mí me planearon por asesinato y enfermo mental y se pagó un dinero importante por mi persona, pero no en complicidad. Porque yo fui planeado por asesinato y enfermo mental y depravado por el trago en la locución, en los periódicos, en la Comisaría, en el Juzgado, en el Open Door y en el Siquiátrico, donde me dejaron cómplices influyentes, por lo que está planeado una vez más. Pero yo puedo solucinarles eso. Tienen que conseguirme el medicamento para el procedimiento del ilusionismo, para las indicaciones de quiénes son los Ilustrísimas que representan los cargos de las garantías. Las representa el Padre Mío que es el señor Luengo que es diputado y senador, cómplice una vez más para la usurpación que viene al mundo. Tienen ustedes que hacer ese servicio, ya que me volví a escapar, una vez más, de la mortandad. Porque yo antes tuve un atentado por estos asuntos: yo fui atropellado y chocado en tres oportunidades, y escapé de morir triturado. Ignoraba lo que estaba relacionado con el Padre Mío, porque fui planeado en ese tiempo para ser asesinado y volví a ser planeado por lo que le estoy conversando a usted yo. Pero debería servir de testimonio yo.

 

EL INFARTO DEL ALMA


Te escribo:

Nunca hube de encontrar una sola palabra que te retuviera. Mi espalda es la que me infama todo el tiempo. Mi mano me obedeció con brusquedad, mis ojos se nublaron con sólo contemplarte. El barrio se hizo tosco cuando recibió tus pasos. Una pálida vidente me dijo que el abandono regía el simulacro de mis días. La vidente atravesó la calle arrastrando un ruidoso sonajero de plata. Desprecié sus augurios pues nunca he estado más acompañada desde que habito tu imagen. Camino como si no caminara, vivo como si la vida no me perteneciera. La vidente actuó con la mala fe de tus adoradoras pues quiso convencerme de que la imagen que tengo es la prueba de mi antagonismo a la realidad que te nombra. Me han culpado de cometer siniestros desmanes. Me acusan de intentar detener el curso de tu gloria. Me dicen que me abrumo en la ceguera de un amor que augura la catástrofe. Tus parientes son los responsables de todas las murmuraciones. La vidente, era, quizás, tu madre o tu esposa o tu sometida sierva. La vidente me interceptó en plena calle y pretendió dirigir mis ojos hacia un mundo que odio. El único mundo posible es aquel que comparto contigo. Mi piel pierde el sentido si no la califica tu mano. ¿Qué podría hacer en una casa vacía? …

 

LOS VIGILANTES

Amanece mientras escribo. La luminosidad se deja caer sobre el muro contra el que estoy apoyando mi espalda. Hoy amanece y amanece en esta calle, debido a la poderosa actividad apática de la naturaleza que sólo sabe repetir la monotonía de sus propios rictus. Después del amanecer, el día y la caída del día y la enorme dificultad de la caída del día. La criatura sigue embelesada en el movimiento de la luz. Se ríe en medio de la luz. ¿Encontraré otro muro en el cual puedo apoyar mi espalda? Es necesario que lo intente. Pero la criatura, que está enajenada con la luz, parece no querer moverse.

(Sólo puedo escribir ahora en los instantes exactos en que se produce el amanecer).

La criatura sigue ensimismada. Encontraré una forma para conmoverla. Ya hace mucho que caminamos errantes, actuando un nomadismo pobre. Y el hambre. El hambre que arrastramos por todas partes durante este largo, incontable tiempo. Alguien me interrogó con brusquedad cuando ya había anochecido. Y yo, tímida, le respondí con una gran cautela:

- "Sí esta criatura me pertenece. Sí, sí, mi nombre es Margarita, no sé ni cuántos años tengo".


LOS TRABAJADORES DE LA MUERTE

Tomas la ruta, retrocedes en el tiempo, ciegamente avanzas hacia múltiples, antiquísimas épocas. Abandonas este Santiago absurdo, asimétrico, y enfilas por la carretera, aliviado de saber que finalmente te diriges a la ciudad de Concepción. Pero lo que no puedes saber, lo que no quieres saber es que, en realidad, el nombre del lugar te conducirá hasta una trampa porque estás viajando hasta el origen. Hacia tu propio origen. No adviertes que te vas en picada por el centro del drama y del delirio.

No sabes, no quieres, no puedes adivinar que eres la víctima activa de un secreto que ya hace mucho te arruinó la vida. Más atrás, a tu espalda, encaramado sobre una roca, un Oráculo senil y desdentado se ríe a carcajadas. Tu madre, desvelada y convertida en una prófuga, se da vueltas en su cama convulsionada entre el rencor y los recuerdos. El esqueleto de su padre experimenta una leve pulverización en el borde superior de otro de sus huesos. Su tumba en Concepción está desierta. La carretera en esta hora se vuelve opaca. Más opaca que tú que, para tu mal, ya eres opaco.

 

 

MANO DE OBRA

La naturaleza del súper es el magistral escenario que auspicia la mordida. Oh, sí, los pasillos y su huella laberíntica, la irritación que provoca el exceso (de mercaderías por supuesto), los incontables árboles (artificiales pues) con sus luces inocuas. La música emblemática y serial. Un conjunto armónico de luces (de colores) correctamente conectadas a sus circuitos actuando de trasfondo para abrir el necesario apetito que requiere la fiera. Y aquí estoy yo, en plenitud, protagonizando el espectáculo intransable de las horas.

14 o 16 horas en que me apego a esta, mi segunda casa, con los pies casi completamente destrozados. Y los brazos. Cargo no sé que porcentaje ya de toneladas, digo, el azúcar, los tarros, las bebidas. Y los chocolates. El pan cargo. Cargo mi ira, mi odio mi miseria. Cargo con todo. Estoy abajo, en pleno ruedo mientras el animal maúlla su apetito. No es cruel en realidad. Sólo la mueve la invasión de un tipo de hambre externa e insaciable. Un apetito ultra estimulado por el reflejo estrepitoso de las luces. Hoy se precipita la masa compradora convencida por la ilusión de un bosque inscrito en el falso ramaje de los fugaces arbolitos.

16 horas. Continuadas.
16 horas cronométicas.

Como un inamovible enfermo terminal permanezco conectado artificialmente a mi horario. Quizás demasiado pálido, posiblemente en algo tembloroso, pero ¡vamos! atento, cordial, empecinado en la sonrisa para cubrir las horas que me restan. Ya no habito dentro de mi mismo. Estoy enteramente afuera, dando vueltas. Me doy vueltas y vueltas para cumplir, satisfacer. ¡Qué orgullo laboral!