En la muerte de una heroína de la Patria

Pónganle a la suicida una hoja en la sien,
Una siempreviva en el hueco del cuello.
Cúbranla con flores, como a Ofelia.
Los que la amaron, se han quedado huérfanos.
Cúbranla con la ternura de las lágrimas.
Vuélvanse rocío que refresque su duelo.
Y si la piedad de las flores no bastase
Díganle al oído que todo ha sido un sueño.
Ríndanle honores como a una valiente
Que perdió sólo su última batalla.
No se quede en su hora inconsolable.
Sus hechos, no vayan al olvido de la yerba.
Que sean recogidos, uno a uno,
Allí donde la luz no olvida a sus guerreros.

Agosto, 1980

Una dulce nevada está cayendo

Una dulce nevada está cayendo
detrás de cada cosa cada amante,
una dulce nevada comprendiendo
lo que la vida tiene de distante.
Un monólogo lento de diamante
calla detrás de lo que voy diciendo,
un actor su papel mal repitiendo
sin fin, en soledad gesticulante.
Una suave nevada me convierte
ante los ojos, ironistas sobrios,
al dogma del paisaje que me advierte
una voz, algún coche apareciendo,
mientras en lo que miro y lo que toco
siento que algo muy lejos se va huyendo.

Con una súbita vehemencia
(Canción de Candilejas)

Como irrumpen
atropelladas, sin medida,
las razones de un hombre tímido,
se agolpan esas cuatro o cinco notas
primeras, se contraen un instante inmedible,
y luego se remansan, persuasivas
como una declaración de amor,
que se fuera tomando una rara despedida.
En vano intentan
copiar esa tonada los rutinarios
músicos.
Ellos repiten las mismas notas
pero entrando en un pausado ritmo
regular
que las vuelve banales, diluidas,
sin esos silencios que se retardan
sin esos cortes bruscos, esos
envalentonamientos adorables,
de viejo mimo que recuerda
la emoción del telón al descorrerse,
como aquel que sale
de un largo silencio, e ilusionado
con la amistad de la nieve tardía
y la primera hoja verde,
se decide, y rompe al fin a hablar,
con una súbita vehemencia.

El momento que más amo
(Escena final de Luces de la ciudad)

El momento que más amo
es la escena final en que te quedas
sonriendo, sin rencor,
ante la dicha, inalcanzable.
El momento que más amo
es cuando dices a la joven ciega
«Ya puedes ver?» y ella descubre
en el tacto de tu mano al mendigo,
al caballero, a su benefactor desconocido.
De pronto, es como si te quisieras
ir, pero, al cabo, no te vas,
y ella te pide como perdón
con los ojos, y tú le devuelves
la mirada, aceptándote en tu real
miseria, los dos retirándose y quedándose
a la vez, cristalinamente mirándose
en una breve, interminable, doble piedad,
ese increíble dúo de amor,
esa pena de no amarte que tú
–el infeliz– tan delicadamente
sonriendo, consuelas.

El bello niño

Tú sólo, bello niño, puedes entrar a un parque.
Yo entro a ciertos verdes, ciertas hojas o aves.
Tú sólo, bello niño, puedes llevar la ropa ausente
del difunto, distraída y remota.
La rapa dibujada, el sombrero del ave.
Tú sólo en ese reino indisoluble y grave
has tocado la magia de lo exterior, las cosas
indecibles. Yo llevo la rapa maliciosa
del que de muerte sabe y de amarga inocencia.
Tú no sabes que tienes toda posible ciencia.
Mas ay, cuando lo sepas, el parque se habrá ido,
conocerás la extraña lucidez del dormido,
y por qué el sol que alumbra tus álamos de oro
los dora hoy con palabras y días melancólicos.

Cine mudo

No es que le falte
el sonido,

es que tiene
el silencio.