Todo ocurrió -para quien mira desde afuera- en un abrir y cerrar de ojos. Es cierto que hace veinte años lanzó su grito de rebelión con aquel Manifiesto leído en una plaza de Santiago, en el que dejaba claro que "hablaba por su diferencia". Es verdad también que poco después los performances e instalaciones de las Yeguas del Apocalipsis irían abriendo un espacio cada vez más notable. Como no puede negarse que sus crónicas se difundían por algunos medios importantes y generaban, cada día, más oyentes y seguidores. Pero hace apenas una década fue que apareció su primera recopilación de ellas, La esquina es mi corazón, y, sin embargo, parecería que Pedro Lemebel nos ha acompañado desde siempre.

Su intempestiva llegada no se explica sólo por el encanto de sus crónicas -un género que, a fin de cuentas, tiene grandes cultores entre nosotros desde el siglo XIX. Tampoco por ese lenguaje en que se cruzan con frecuencia el habla popular y una especie de lengua particular, lo múltiple y lo único, los dos sueños extremos de todo escritor. Lemebel es eso y más; es, de cierta manera, la encarnación de un momento, o mejor, la contracara más perfecta del entusiasmo liberal. Lemebel da voz, paradójicamente, a las minorías y a las mayorías. Su radical defensa de los derechos de todos los discriminados en virtud de sus preferencias sexuales (no sólo de los homosexuales, como suele repetirse), hace olvidar que es también un impugnador de las injusticias que sostienen aquel entusiasmo.

Con motivo de la Semana de Autor que la Casa de las Américas le dedica, el público cubano tendrá la oportunidad de ver, escuchar y dialogar con Lemebel y algunos de los estudiosos de su obra, asistir a la presentación de la edición cubana de su novela Tengo miedo torero, y, sobre todo, acercarse al quehacer de uno de los creadores más apasionantes de la cultura latinoamericana de los últimos años.