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  Valoraciones

La obra de Maryse Condé ocupa un lugar especial en la evolución de la narrativa francófona en el Caribe. No sólo por lo extensa, sino porque sin abandonar algunas de sus líneas temáticas, se plantea tareas renovadoras. Su proyección y dimensión desafían y superan las barreras del espacio y el tiempo, al explorar la experiencia de la raza negra en sus orígenes y ramificaciones: África y el Caribe, Estados Unidos, América Central y del Sur.

Sin minimizar el conflicto racial, Condé no lo considera única causa de dilemas que generan ambigüedades o neurosis. Ella intenta encontrar en cada uno de sus personajes, y las distintas situaciones en las que se colocan frente al mundo, una vivencia humana singular, hecha de pesares y alegrías. Como ella misma afirma, refiriéndose a una de sus protagonistas: “No hay fracaso total ni éxito total y uno siempre encuentra algo válido en todos los pasos que da.”

Nara Araújo (“Perpetuum Mobile”)
 

En Segu, impregnado del tono irreverente que caracteriza la producción literaria de Maryse Condé, se articula no sólo una visión de África alejada de los mitos occidentales sino una nueva forma de novelar África: dentro de África. Segu no es un prototipo de lo que Barbara Harlow denomina novela de resistencia, tampoco podría encontrar ubicación en los arquetipos de novela poscolonial de Kwame Appiah. Segu es una novela afrolocalizada. El inicio de la obra “Habla de Segu fuera de Segu pero no hables de Segu dentro de Segu” sitúa a la autora en el vector de la Negritude de Senghor, Damas o Cesaire y es una increpación directa a Hegel que, amparado en la supina ignorancia, convirtió de un plumazo a África en una retícula de la humanidad sin historia; pero, al considerarse a sí misma como una griot contemporánea y narrar la historia como si estuviera hablando en Segu-Koro sin tener en cuenta a los oídos extranjeros, podemos caracterizar la novela, sin riesgo alguno de tomarnos excesivas licencias, como novela afrolocalizada. […]
Segu, la novela de Maryse Condé, es un retrato atinado de las viscitudes del África contemporánea, es una visión profética cuya lectura invita a actualizar los vectores relacionales de África con los “otros”. No existe una “armonía de intereses”.

Esa es la lección política que se debe extraer, a día de hoy, de la novela de Segu en un contexto en que “las buenas intenciones” (Ruiz-Gimenez, 2003) se multiplican para con África.

César A. Mba Abogo (“Segu: la alegoría de Maryse Condé”)

 

Es interesante que, en los años ochenta del siglo XX, haya tenido una resonante difusión una novela de la escritora guadalupeña Maryse Condé, que aborda el tema de una bruja. Esta autora escribe su obra como una especie de contraparte de la obra de Paul Guth; Moi, Joséphine, imperatrice. La Condé centra su interés no en una antillana triunfadora en el mundo europeo, sino de una mujer considerada bruja durante los famosos juicios de Salem del siglo XVII. Se trata de una esclava barbadense involucrada directamente en la tétrica represión religiosa de la Nueva Inglaterra de aquella época. Maryse Condé se apoya en ciertos datos reales de los hechos y en la existencia efectiva de este personaje histórico. Así construye su Moi, Tituba, sorcière noire de Salem, sobre la base de la ironización y, sobre todo, como contraposición entre la moral puritana y el modo caribeño de ver el mundo.

Margarita Mateo Palmer y Luis Álvarez Álvarez (El Caribe en su discurso literario)