La guerrilla en Nicaragua

Fragmento de la crónica incluida en Historias de un reportero, volumen publicado por el Fondo Editorial Casa de las Américas que será presentado durante esta Semana.

Mi regreso a Cuba, después de la entrevista con Fidel Castro, solo ocurriría tres años más tarde, en febrero de 1978. Dando un paso más en dirección a un acercamiento con Brasil, los cubanos invitaron a cuatro brasileños para componer el jurado del Premio Casa de las Américas –la principal institución cultural de Cuba y una de las más prestigiadas del continente–: Ignácio de Loyola, Chico Buarque, Antonio Callado y yo, que me tomé vacaciones en la revista Vejapara viajar. Chico, Callado y yo fuimos acompañados de nuestras respectivas mujeres, Marieta Severo, Ana Arruda y Rúbia Delorenzo. La vuelta a Brasil, tres semaanas más tarde, nos traería sinsabores. Tanto Chico y Marieta como Callado y Ana fueron detenidos por el Cenimar –Centro de Informaciones de la Marina, uno de los más activos órganos de la represión– no bien pusieron los pies en el aeropuerto de Galeão, en Río de Janeiro. Rúbia y yo no alcanzamos a bajar en el de Congonhas: en la escalera del avión ya nos aguardaba una furgoneta del DOPS –Departamento de Orden Política y Social–, que media hora después nos entregaría al comisario Romeu Tuma, director del órgano. Loyola zafó milagrosamente y llegó a la casa sin ser importunado por la policía.
Ninguno de nosotros seis estuvo ni seis horas detenido, así como no hubo ninguna amenaza de violencia física. Pero la policía nos confiscó todo lo que no fueran ropas y objetos personales: de puros a discos de rumba, pasando por libros, folletos, cintas grabadas y hasta las políticamente inocentes anotaciones de Rúbia, psicoanalista, sobre el Hospital Psiquiátrico de La Habana. [...]
Cuanto más pasaban los días [en Cuba], más intrigado quedaba yo con el comportamiento de los dos jurados de Nicaragua: uno era el sociólogo Sergio Ramírez, un joven alto, de gafas, cabellos cortos y con cara de scholar norteamericano. El otro se destacaba de todo el grupo: cabellera y barba blancas como algodón, ojos de un azul profundo, una boina negra siempre tumbada sobre la frente, a lo Che. Sobre el poncho, a la altura del pecho, un crucifijo de plata indicando que se trataba de un religioso. Era el cura y poeta Ernesto Cardenal, sacerdote trapense con formación en los Estados Unidos, que se había vuelto un símbolo de la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, a aquella altura todavía encastillado en el poder. No importaba lo que estuvieran haciendo los dos –tanto podía ser una reunión del jurado, una discusión política o hasta las rondas de música nocturnas, en una de las cuales Chico Buarque, el más festejado de todos los jurados, cantó por primera vez en público su más reciente obra, “Terezinha de Jesus”–, bastaba que la telefonista avisara por el sistema de sonido que había una llamada para alguno de los dos, Sergio o Cardenal, para que ellos lo abandonaran todo y corrieran hacia la cabina. Había algo de misterioso en torno a aquellas llamadas.
Una noche no me aguanté. Al final de una ronda de música, todos ya medio alegres por el ron (al punto de que un animado Cardenal tomara la guitarra y cantara “Adelita”, que yo solo conocía por la grabación de Nat King Cole y que él aseguró ser el mayor éxito nicaragüense), me acerqué al cura, le ofrecí un habano y le pregunté si él y Ramírez estaban en alguna dificultad. Contestó que no, al contrario, estaban a las puertas del poder. Ambos eran miembros de la dirección nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el ejército guerrillero que arrinconaba cada día más al dictador. Las sucesivas y nerviosas llamadas telefónicas eran de compañeros dando cuenta del avance de la lucha en su país.
En el Brasil de 1978 se sabía muy poco sobre el Frente Sandinista o incluso sobre Nicaragua. Hasta en redacciones de periódicos era común confundirlos –guerrilla y país– con el Frente Farabundo Martí, de El Salvador. Nicaragua y el FSLN solo empezarían a entrar a los noticiarios de periódicos, revistas y TV en los primeros meses de 1979, cuando Somoza parecía no tener más salida. Pasé a aprovechar los intervalos entre las lecturas para acercarme más a Ramírez y Cardenal, hasta sentir que había ambiente suficiente para el abordaje:
—¿Qué pensaría el Frente Sandinista si yo publicara en Brasil un gran reportaje sobre la guerra contra Somoza?
Después de algunos días y nuevas llamadas, el reportaje estaba amarrado. Cuando estuviera listo, debería buscar a un determinado contacto en San José, capital de Costa Rica, para que él me hiciera entrar a Nicaragua de manos del Frente Sandinista.
Al volver a Brasil decidí dejar la revista Veja. Un equipazo de periodistas formado por Hamilton de Almeida Filho, Mylton Severiano da Silva, Narciso Kalili, Paulo Patarra, João Antônio, Sérgio de Souza, Luiz Carlos Cabral, Guilherme Cunha Pinto, Caco Barcelos, José Trajano, José Hamilton Ribeiro, Uirapuru Mendes y Polé de Jesus, entre otros, había convencido al editor Domingo Alzugaray, dueño de Editora Três, de resucitar el sueño de nueve de cada diez reporteros brasileños: una publicación mensual solo de reportajes –como fuera, en los años sesenta, la revista Realidade, de Editora Abril. La mayoría de los nombres que rellenarían la ficha técnica de la futura revista, incluso, había pasado por Realidade.
Yo estaba bien en Veja. Trabajaba en el más importante semanario brasileño, tenía un buen sueldo como editor asistente de Política, pero la tentación de trabajar en una revista solo de reportajes fue más fuerte. Una semana después de volver a Brasil, al final del Premio Casa de las Américas, yo ya participaba en la reunión de pauta de Repórter3. Y fue allí donde sugerí mi primer tema: la guerra del Frente Sandinista contra Somoza.
Aprobada la pauta, era hora de rehacer los contactos. Llamé al tal sujeto en San José, le pasé una contraseña, El contestó con otra y quedó arreglado que como máximo en una semana aguardaríamos una llamada telefónica suya en el Hotel Hilton de la capital costarricense. Para acompañarme, la revista destacó al experimentado y bienhumorado fotógrafo Geraldo Guimarães, compañero mío de un sinnúmero de reportajes en los tiempos de Jornal da Tarde. Una semana después, puntualmente, el contacto llamó. Concertamos un café y apareció “Terry”, que además del nombre en clave tenía apariencia y acento norteamericanos.
Rubio, de ojos claros y completamente calvo, él nos explicó que, para llegar a Nicaragua sin despertar sospechas de la policía somocista, deberíamos alquilar un coche con chofer en Costa Rica y entrar a Nicaragua por una de las muchas fronteras secas que separan los dos países. En esas barreras, dijo él, la fiscalización era bastante menos rigurosa que en el aeropuerto de Managua –ni siquiera pasaportes pedían los guardias. Según él, si pretendíamos realmente hablar con Somoza, además de con la dirección del FSLN, sería mejor volver en coche a San José y entonces tomarnos un avión de vuelta a la capital nicaragüense.
Un día antes de viajar, recibí en el hotel la visita del cura Ernesto Cardenal, entonces exiliado en Costa Rica, que me entregó una listita dactilografiada con nombres de personas que sugería que buscara en Nicaragua para entrevistar: empresarios, religiosos, militantes sandinistas y hasta militares que funcionaban como agentes del FSLN dentro de la Guardia Nacional somocista. Geraldo y yo decidimos hacer primero la entrevista con el dictador y después volver para hacer las del FSLN. Embarcamos hacia Managua en avión, conforme lo recomendado, y en menos de tres días la entrevista con Somoza estaba lista. Retornamos a San José, guardamos films y cintas de grabador en el cofre del hotel. Por la noche rehicimos contacto con “Terry”, que nos sugirió partir lo más pronto posible de vuelta a la capital nicaragüense, esta vez en coche, para evitar una nueva fiscalización en el aeropuerto de Managua.
A la mañana siguiente alquilamos un Cadillac 1964 precozmente deteriorado y conducido por un sujeto malhumorado con apariencia de encontrarse en estado de embriaguez. Nuestras sospechas parecieron confirmarse cuando en dos oportunidades casi se salió de la ruta, cuya visibilidad era perjudicada por nubes de humo producidas por las quemas de caña de azúcar a ambos lados de la vía. Cruzamos la frontera sin ser parados siquiera. Horas después, Geraldinho y yo estábamos nuevamente instalados en el Intercontinental aguardando una nueva contraseña. Esta vez para ver a los hombres que derribarían a Somoza.

Lo que la Casa de las Américas se encargó de desmentir

Fragmentos del discurso inaugural de Fernando Morais en el Premio Literario Casa de las Américas en 1987.

La presencia de brasileños en el jurado de este vigesimoctavo Premio Casa de las Américas reviste características casi simbólicas. Por primera vez regresaremos a São Paulo, a Río de Janeiro, a Porto Alegre, seguros de que en el aeropuerto nos esperan nuestros compañeros y familiares y no más –como ocurrió tantas veces– los agentes de policía. El privilegio que los brasileños tenemos ahora, de convivir libremente con el valiente y sensible pueblo cubano, es fruto de una lucha desarrollada por cubanos y brasileños a lo largo de dos décadas y cuya consecución final pudimos ver, emocionados, por las pantallas de la televisión hace pocos días. Lo que el Comandante Fidel Castro y el Presidente Sarney inauguraron el último jueves no fue solo una línea telefónica directa entre los dos países. Con esa llamada, también simbólica, los dos jefes de Estado cumplían, eso sí, una antigua exigencia de dos pueblos: la de sepultar para siempre el bloqueo impuesto a Cuba por el imperialismo.
Durante dos décadas, los sucesivos gobiernos militares que dominaron al Brasil se mantuvieron sumisos a la cruel y anacrónica cuarentena con que Washington pretendía eliminar del mapa esta atrevida isla del Caribe. Pasados veinticinco años, los latinoamericanos que aquí estuvieron pudieron constatar que, contrariamente a lo que difundían los medios masivos de comunicación yanquis, la enfermedad no estaba en el país aislado, sino en el alma, en la entraña de quien promovió el bloqueo. Mientras el resto del Continente continúa sosteniendo una lucha brutal contra la miseria, el hambre endémica, el subdesarrollo, la mortalidad infantil, no es preciso ser un científico social para ver que estas son lacras hace mucho extinguidas en Cuba. Basta dar una vuelta por las calles de La Habana, de Camagüey, de Santiago, para entender por qué bloquearon a Cuba: aquí no estaba la enfermedad, sino la cura.
La conversación telefónica entre Fidel y Sarney no reanuda solo las relaciones, sino las raíces profundas que siempre ligaron a brasileños y cubanos, y que ningún oscurantismo político consiguió romper. Raíces que se remontan al trinomio étnico que generó a ambos pueblos: aquí, negros africanos, indios y españoles; allá, negros africanos, indios y portugueses. Raíces tan fuertes que es inevitable oír de brasileños que aquí vienen por primera vez la frase cliché: “¡Pero Cuba y Bahía tienen la misma cara!”, dicen siempre. […]
Pero para nosotros, escritores, periodistas, poetas y dramaturgos brasileños, el restablecimiento tiene un sentido más profundo, que yo correría el riesgo de decir que es la ganancia más perenne e indestructible de esa reaproximación histórica. A lo largo de todos estos años, el Brasil fue un país culturalmente vuelto hacia Europa y los Estados Unidos, un país permanentemente de espaldas a sus hermanos y vecinos latinoamericanos. Nuestras referencias culturales no estaban en Lima, México o Managua, sino en París, Londres, Nueva York. Nos llegaron a hacer creer que estar tan cerca geográficamente, y vivir culturalmente tan separados, era fruto de una contingencia insuperable: el idioma. Por ser nosotros el único país lusófono del Continente, estábamos llamados a permanecer eternamente aislados de nuestros hermanos latinoamericanos: fue esto lo que nos enseñaron. Y fue esto lo que la Casa de las Américas se encargó de desmentir. La participación regular de brasileños como jurados y como concursantes del más importante premio literario del Continente –el Premio Casa– demostró que no era la lengua la que nos divorciaba de la América Latina, sino la intolerancia política impuesta por gobernantes sumisos a intereses internacionales.
Separarnos culturalmente era la mejor forma de separarnos políticamente, de impedirnos luchar juntos contra el enemigo común. Y fue aquí, en Cuba, en esta Casa de las Américas de Haydee Santamaría y de todos los latinoamericanos, que mi generación recapturó y recuperó su identidad continental.
Al ver a cubanos, nicaragüenses, guatemaltecos y uruguayos leyendo y juzgando críticamente textos escritos en portugués, al ver a brasileños leyendo y juzgando poemas, cuentos y piezas de teatro escritas en castellano y provenientes de los más diversos puntos de Nuestra América, nosotros mismos nos descubrimos latinoamericanos. […]
Y fue exactamente ese carácter internacionalista de la Casa, que ni la OEA, ni el Pentágono ni ninguna dictadura consiguió destruir, lo que la transformó en la más respetada institución cultural del Continente. Así, nada más natural que el homenaje principal de este año esté destinado al más acabado ejemplo de internacionalismo, a aquel que probó, al precio de su propia vida, que nosotros solo nos liberaremos cuando nos unamos por encima de fronteras: el Comandante Ernesto Che Guevara, cuya memoria reverenciamos en este momento. […].