Después de la publicación de su extenso ensayo sobre Juan de Castellanos, Las auroras de sangre –que para algunos es más bien un libro que raya con la ficción, por lo que dice y cómo lo dice–, Ospina se dedicó a escribir una novela sobre la Conquista y el descubrimiento del río Amazonas. La empresa fue de tales dimensiones, que el libro original se convirtió en tres: Ursúa, El país de la canela y, el que vendrá, La serpiente sin ojos. Estos son libros narrados en un lenguaje pleno de poesía, de fuerza, de encantamiento, de imágenes. Historias de territorios y naturaleza, historias de seres complejos. El descubrimiento del nuevo mundo enlazado con la historia de lo que ocurría en Europa en aquellos tiempos, a través de personajes impactantes y conmovedores. Historias de seres humanos con sus crueldades y hazañas; historias escritas con un poderoso lenguaje poético, pleno de imágenes. Libros de aventuras que tienen la particularidad de ser narrados cada uno en una forma completamente distinta, sin perder su fuerza y la seducción que crean.

Guillermo González Uribe: “Ospina: hombre de letras”, El Tiempo, 7 de junio de 2009.



Lo único que se me ocurre decir, una vez terminada la lectura del último libro de William Ospina, El país de la canela, es que su prosa tiene poder de encantamiento.
[…] El tiempo del relato corresponde al de la segunda oleada de conquistadores españoles que llegaron al Perú atraídos por las noticias de los tesoros inconmensurables que se habían hallado allí y por la promesa de nuevas riquezas por descubrir.

El tiempo real de la novela es el que dura una tarde en una playa de Panamá. En ella el narrador, alguien que define su experiencia y su relato como «El testimonio de un hombre cuya experiencia es apenas un río», le cuenta a «alguien empeñado en que yo lo acompañe por segunda vez al infierno» —alguien que no sabemos quién es, hasta la revelación final— qué fue lo que lo llevó a ser un miembro de la expedición organizada por Gonzalo Pizarro en busca del País de la Canela, y cómo fue esta aventura, y cómo ésta se convirtió por fuerza del destino en el azaroso y demente viaje de un puñado de febriles hombres blancos por el río de las Amazonas, el primero de los viajes de los conquistadores por ese río formado por tantos ríos […].

Y así como se conforma «ese río hecho de ríos», así también el caudal del libro parece irse formando con el caudal de otros libros y relatos que tributan a este río hecho de palabras que fluye transparente y sosegado de la boca del narrador. No de otra manera podría haberse creado el prodigio de esta historia tan viva y sobrenatural que alimentándose de los relatos de otros narradores y cronistas que en él confluyen. En la Nota del editor que cierra el libro, escrita evidentemente por el autor, éste precisa, para que no haya dudas: «Los hechos en su mayoría están documentados, y es fácil advertir que no se apartan mucho de lo que nos cuentan fray Gaspar de Carvajal, Cieza de León o el propio Oviedo». Pero valga anotar que si bien el libro no sería posible sin los relatos de estos antecesores ilustres, tampoco lo sería sin el caudal de la memoria de Ospina, que en una suerte de alquimia los hace converger en un solo relato, que enriquece con su imaginación y sensibilidad para lograr que nos sumerjamos en el río de la historia.

Alberto Quiroga: “Una temporada en el infierno”, Revista Número 59, 2009.



¿Por qué Pedro de Ursúa, un personaje aparentemente de segunda fila, un personaje de circo, como se proyecta en la ilustración de la cubierta del libro? […] Ursúa no tuvo ni la sagacidad de Cortés y Francisco Pizarro, ni la tenacidad de Diego de Almagro, ni el brillo intelectual ni la estela romántica de Juan de Castellanos o de Francisco de Orellana. Sin embargo, siendo un personaje oscuro tuvo en común, sobre todo con los dos primeros, ser demencialmente sanguinario y alucinante más que soñador. Además fue pionero en algunas prácticas que, desde entonces, han tenido acogida en estas tierras, como la organización de ejércitos privados para adelantar guerras paramilitares mercenarias con banderas del Estado, cosa a la que se dedicó cuando cayó en desgracia en la Nueva Granada. Si me tocara suponer por qué Ospina escogió a Ursúa como personaje de su novela, diría que fue, precisamente, por ser un personaje sin dueño biográfico anterior, y porque con él se puede hacer de todo novelísticamente hablando, como lo logra hacer Ospina.

Hugo Niño: “Ursúa: la convicción del relato”, Casa de las Américas 247, 2007.



Nadie sabe cómo lo estira pero lo cierto es que le alcanza. Va donde lo inviten: a dar un recital en el Japón, a leer el manuscrito inédito de un amigo suyo en México o a participar en un congreso pacifista en Caicedonia. Como nunca tiene prisa, puede conversar horas con el primer parroquiano que se tope en la esquina o la taberna, y le queda tiempo para hacer los mejores ensayos de literatura y humanidades que se hayan escrito en Colombia. Hablo de William Ospina, el hombre de Padua, Tolima, que ha decidido emprenderla contra el cristianismo, el progreso, la medicina, el periodismo, la ciencia y la publicidad, y todo con el dulce veneno de su tersa prosa. […]

Si en Los nuevos centros de la esfera demostró que es capaz de meditar con claridad y hondura (y mala leche, todo hay que decirlo) sobre temas centrales de la especie, en este libro [La decadencia de los dragones] nos prueba que también puede ser un lector atento.
Aquí están Shakespeare, Neruda, Chesterton, Baudelaire, Jesús, Homero, los mitos, la televisión, Borges (su caro Borges), la intersección entre la realidad y la fantasía, y el papel de la literatura en la configuración del mundo.

Todos estos asuntos los trata con ese estilo suyo, sin una arruga, y con su olfato para encontrar asociaciones reveladoras o para descubrir ese verso tímido, perdido en la hojarasca de algún mamotreto, que pagará la sentada.

Hay quienes disienten de Ospina, como Vargas Llosa, quien sostiene que su prosa es muy superior a sus reflexiones; y quienes creen, como Gabriel García Márquez, que estamos frente a una de las figuras más importantes del post-boom latinoamericano.

Yo sospecho que los libros de Ospina están trazando un vasto fresco que revelará los pasadizos secretos que comunican el arte, la ciencia, la filosofía, la política y las religiones de los últimos 25 siglos, y que critica su impacto final sobre el hombre de la calle. Para mí, pues, sus libros son una suerte de máquinas de estimulación del pensamiento. Gracias, William.

Julio César Londoño: “Una suerte de máquinas de estimulación del pensamiento”, Revista Número 36, 2003.



Ospina es cercano a Borges por más de una razón de fondo y otra de forma. Igual que el argentino, el colombiano mezcla con fortuna los géneros, poematiza historias, narra poemas y versifica ensayos, en textos construidos a base de cuidadosas combinaciones métricas, así como de una enunciación pulcra y elegante. La obra de Ospina –hombre de aventuras intelectuales, libros y conocimientos– es, de igual forma, una suma de admiraciones donde resuena la máxima quevediana: “Vivo en conversación con los difuntos,/ Y escucho con mis ojos a los muertos.” Sobre sus textos también se ciernen inmutables presencias metafísicas (el tiempo, la memoria, la muerte) que encarnan en la materia. Y una minucia: ambos autores prologan fugazmente sus libros, en un gesto que enmarca la conversación que será la lectura.

Luis Jorge Boone: “Poesía, de William Ospina”, Letras Libres 2009.