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  Tal vez el mayor deslumbramiento en mi juventud fue el idioma de Borges; su lectura me permitió darle la espalda tanto a lo telúrico como a la mala prosa de la época. Lo leí por primera vez en México en la Cultura, el notable suplemento dirigido por Fernando Benítez. El cuento de Borges aparecía como ilustración a un ensayo sobre literatura fantástica del peruano José Durand. Era “La casa de Asterión”; lo leí con estupor, con gratitud, con infinito asombro. Al llegar a la frase final tuve la sensación de que una corriente eléctrica recorría mi sistema nervioso. Aquellas palabras: “‘Lo creerás, Ariadna?’, dijo Teseo, ‘el minotauro apenas se defendió’”, dichas de paso, como por casualidad, revelaban el misterio oculto del relato: la identidad del extraño protagonista y su resignada inmolación. Me quedé deslumbrado. Jamás había llegado a imaginar que el lenguaje pudiera alcanzar grados semejantes de intensidad, levedad y extrañeza.  
  “De reconciliaciones”  
     
  Afirma Cyril Connolly que el escritor debe aspirar a escribir una obra genial. De otra manera está perdido. Esa contundente exigencia es, desde luego, estimulante, un latigazo para desterrar la haraganería, el conformismo, la tentación de la facilidad. Pero debe llegar a su tiempo, a menos que se quiera encaminar a las ovejas al desfiladero. Quien busca su alma suele perderla, dicen los Evangelios. ¿Sabría ya el joven Joyce mientras se esforzaba en los relatos de Dublín que en su futuro se encontraba el Ulises? ¿Serían conscientes Mann y Kafka cuando escribían sus cuentos iniciales de la mutación que iba a depararles el destino? ¿Se vislumbraría el joven Cervantes al escribir sus primeros versos, presumiblemente muy medianitos, como el autor inmortal de la lengua castellana?  
  “Chéjov, nuestro contemporáneo”  
     
  En mis primeros días en Caracas apareció en librerías una novela de Carpentier publicada en México, El reino de este mundo, cuya lectura, como es natural, me dejó deslumbrado. Carpentier se convirtió en uno de los tres narradores hispanoamericanos que durante los años universitarios constituyeron mi Olimpo personal, los otros fueron Borges y Onetti, a quienes más tarde he ido añadiendo una media docena más de nombres. Del escritor cubano me atrajo sobre todo el ritmo, la austera melodía de su fraseo, una intensa música verbal con resonancias clásicas y modulaciones procedentes de otras lenguas y otras literaturas. A la calidad de su idioma, Carpentier añadía los atractivos del Caribe, su intrincada geografía, la apasionante historia, el cruce de mitos y de lenguas, la reflexión política; todo ello integrado en tramas perfectas.  
  El arte de la fuga  
     
  En todo lo que he escrito: cuentos, novelas, crónicas, hasta en ensayos, estoy por todas partes. No hay nada allí que no esté extraído de los archivos de mi vida: espacios, personajes, un niño huérfano a los cuatro años, largamente postrado por la malaria, un ingenio azucarero cercado por una selva tropical, las primeras lecturas, Verne, Twain y Stevenson, la avidez por los viajes; de repente y como milagro surgió la salud, un aventurero, un adolescente que sólo se siente bien en círculos de excéntricos, un anarquista, cercano al budismo zen y, sobre todo, tibetano, luego el escritor, los festejos, los más terribles desastres, los premios, la vejez. ¿Cómo entonces, de nuevo sería invisible? En mis narraciones soy más bien un personaje enmascarado, que se mueve en los corredores, un observador de las tramas para despejar las oscuridades de la obra, o encapotarlas más: dejémoslo así.
En 1956 escribí mis primeros cuentos. Tenía veintitrés años, y al año siguiente publiqué mi primer libro: Tiempo cercado, lo editó la revista Estaciones. Salvo Tiempo cercado, todos mis libros fueron escritos durante veintiocho años en el extranjero. Fueron cinco de cuentos. Enviaba mis manuscritos a las editoriales en México, y un año más o menos después recibía yo los primeros ejemplares. El mismo camino siguió un último cuentario, Nocturno de Bujara, 1981, rebautizado por las editoriales después con el título de Vals de Mefisto, así como dos novelas: El tañido de una flauta, 1972, y Juegos florales, 1982. No tener una relación personal con los editores, lectores y críticos mexicanos fue para mí provechoso. Lejos de México no tenía noticias de las modas intelectuales, no pertenecía a ningún grupo, ni leía lo que mis contemporáneos leían. Era como escribir en el desierto, y en esa soledad casi absoluta fui paulatinamente descubriendo mis procedimientos y midiendo mis fuerzas. Mis relatos se fueron modulando en busca de una Forma a través de la cual cada relato debía ser hermano de los otros pero sin ser iguales, y la captura de un lenguaje y estilo propios. Desde mis principios me propuse que el lector no advirtiera del todo los procedimientos estilísticos, que no supiera cómo estaba armado un cuento.
Mis autores en esos años de formación fueron sobre todo ingleses, clásicos y contemporáneos, y, en especial, la formidable estirpe de excéntricos que ha producido esa literatura en todas sus épocas; me familiaricé también con los asombrosos polacos de los años treinta, Bruno Schulz, Witold Gombrowicz, Stanislaw Witckiewicz; mis italianos preferidos fueron Italo Svevo, Tommaso Landolfi, Carlo Emilio Gadda, Cesare Pavese, y el último Vittorini; y entre los alemanes, Thomas Mann, quien me ha acompañado desde la adolescencia hasta este momento, sorprendiéndome más y más en cada relectura, y, compulsivamente, los austriacos Schnitzler y Kafka, conocidos de antiguo, y los que llegaron después: Musil, Canetti y sobre todo Hermann Broch, de quien leí hechizado Los sonámbulos, y al acabar la última novela del tríptico volví a leerlas todas otra vez. Al mismo tiempo entreveraba siempre entre esas lecutras otras que me acercaran a mi lengua, el Siglo de Oro español, con una preferencia marcada por Cervantes y Tirso de Molina, todo Galdós, y los clásicos modernos hispanoamericanos, sobre todo Borges, Onetti, Monterroso, el primer Carpentier, Neruda y los mexicanos Reyes, Torri, Rulfo y Arreola.
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Mi vida fuera del país comprendió dos etapas tajantemente marcadas, y en principio antagónicas. La primera cubrió once años, de 1961 a 1972. En ella gocé de una libertad jamás soñada. El primer año lo pasé en Roma, luego en Pekín, di clases en la Universidad de Bristol, trabajé en algunas editoriales en Barcelona, una muy prestigiada, Seix Barral, y otras dos incipientes y muy audaces para la época, Tusquets y Anagrama; sobre todo hice traducciones para varias editoriales de México, España y Argentina. Viví también tres años en Varsovia. Toda esa etapa, al no tener horarios, ni jefes, ni oficinas, me permitió moverme por otros países con soltura, a pesar de mis medidos recursos. Debo haber traducido en esos años de treinta a cuarenta libros. No conozco mejor enseñanza para estructurar una novela, que la traducción. Hurgar las entretelas de Los papeles de Aspern, de Henry James, Las puertas del paraíso, de Andrzejewski, El buen soldado, de Ford Madox Ford, El corazón de las tinieblas, de Conrad, Cosmos, de Gombrowicz, Las ciudades del mundo, de Vittorini, Caoba, de Boris Pilniak, Emma, de Jane Austen, entre otras, estimularon la tentación de aventurarme a probar mi suerte en ese género, la novela, que hasta entonces consideraba yo vedado.
La segunda parte de mi estancia en Europa comienza en 1972 y termina en 1988, se desarrolla en espacios que por lo general se suponen absolutamente distantes y contrarios a aquellos en que me había movido. Ese fue mi paso a la carrera diplomática.

En la franja divisoria de esas dos etapas se gestaron mis dos primeras novelas: El tañido de una flauta, 1972, y Juegos florales, 1982. La última debió de hacer sido la inicial; sin embargo, necesité más de diez años para concluirla.
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Terminé la novela El tañido de una flauta, y la envié a México poco antes de cambiar de escenario. Pasé a Inglaterra para enseñar en la Universidad de Bristol. Me propuse que al instalarme comenzaría desde el primer día la revisión a fondo de Juegos florales, la novela encarcelada en una carpeta desde hacía algunos años. Me sentía entonces capacitado para hacerlo; la experiencia de El tañido de una flauta me daba más seguridad. Pero al releer el manuscrito de Juegos florales quedé horrorizado; era mucho peor de lo que recordaba. ?…?. Me iba acostumbrando a la esterilidad. Mi conexión con la literatura se realizaba únicamente a través de la lectura. Volví a los rusos, una pasión de mi adolescencia. Chéjov, Gogol, Tolstoi, han sido desde siempre mis ángeles tutelares. La originalidad de esa literatura, su inmensa energía, su excentricidad son sorprendentes, como lo es el país. Rainer Maria Rilke hizo un viaje de varios meses por Rusia, en 1900, a bordo de un barco por el Volga, escribe: “Todo lo que había visto en mi vida era tan sólo un simulacro de la tierra, de los ríos o del mundo. Aquí, en cambio, todo puede ser apreciado en su magnitud natural. Me parece que hubiera sido testigo del trabajo Creador”. En una ocasión cuando fui agregado cultural en Moscú pasé toda una mañana en casa de Viktor Sklovski, oyéndole hablar de Tolstoi, a quien conoció en su adolescencia y sobre quien escribió páginas memorables. Hablar de literatura o música hasta la madrugada, consumiendo vodka con los jóvenes rusos, fue también una experiencia única y tonificante. En el teatro Taganka vi una adaptación de El maestro y Margarita de Bulgakov de una perfección tan absoluta que al caer el telón sentía que por primera vez había ido al teatro. En Moscú me desprendí de la nefasta sombra que se plantó durante años sobre la página en blanco. De repente comencé a escribir y en poco tiempo acabé cuatro relatos, que publiqué con el título de Nocturno de Bujara, que en posteriores ediciones cambió a Vals de Mefisto. Los escribí con inmenso placer.
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“La tarea que me he propuesto realizar a través de la palabra escrita, es hacer oír, hacer sentir y, sobre todo, hacer ver: Sólo y todo eso.” Son palabras de Joseph Conrad.

 
  “De cómo escribí mis primeras novelas”  
     
  En 1961 decidí pasar unos meses en Europa y me demoré cerca de treinta años en volver a casa. En aquel tiempo escribí dos libros de relatos y mis primeras dos novelas: El tañido de una flauta y Juegos florales: me asombra la asiduidad de mi trabajo en esa época tan movida. Así como en la infancia me pareció un don del cielo haber contraído la malaria, puesto que, fuera del agobio de la fiebre, tenía la ventaja de permanecer siempre en casa, donde leía novelas sin cesar y compadecía a mi hermano por ocupar su tiempo en actividades tan poco atractivas como ir por la mañana a la escuela y por la tarde a jugar tenis o montar a caballo, en la juventud, por el contrario, era yo feliz por no hacer una vida encajonada en ninguna parte. Me movía por el mundo con una libertad absolutamente prodigiosa, no leía sino por razones hedonistas; había eliminado de mi entorno cualquier obligación que me pareciera engorrosa. Pasaron catorce años entre el final de mis estudios universitarios y la obtención de la licenciatura. No pertenecía a ningún cenáculo, ni era miembro del comité de redacción de ninguna publicación. Por lo mismo, no tenía que someterme al gusto de una tribu, ni a las modas del momento. Tel Quel me resultaba letra muerta. Comencé a integrar libremente mi olimpo. Frecuenté a los centroeuropeos cuando, fuera de Kafka, no eran leídos aquí por nadie: a Musil, Canetti, Von Horvath, Broch, Von Doderer, Ursidil, fascinado de conocer esa tradición; pasé luego a los eslavos, a quienes no enumero porque llenaría más de una página con nombres. En cada país por donde pasé hice buenos amigos, algunos de ellos escritores. Siempre me ha sido necesario conversar sobre literatura; la discusión con esos pocos amigos escritores versaba más bien sobre nuestras lecturas y, cuando nos conocíamos mejor, sobre los procedimientos que cada uno empleaba, los tradicionales y los que creímos ir descubriendo por nosotros mismos.
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Mis libros de cuentos y mis dos primeras novelas son un espejo cierto de mis movimientos, una crónica del corazón, un registro de mis lecturas y el catálogo de mis curiosidades de entonces. Son los cuadernos de bitácora de una época muy agitada. Si leo unas cuantas páginas de algunos de esos libros sé de inmediato no sólo adónde y cuándo las escribí, sino también cuáles eran las pasiones del momento, mis lecturas, mis proyectos, mis posibilidades y tribulaciones. Podría decir qué cosas había visto en el teatro o en el cine durante los días circundantes, a quién llamaba por teléfono cada día y muchos otros detalles referentes a la trivia circunstancia de la que nunca he soñado prescindir. Uno de mis libros se llama Los climas, otro No hay tal lugar; el primer título alude a la variedad de los espacios, el segundo lo niega. Entre ambos extremos se halla la respiración de mis novelas.

El siguiente movimiento, el tercer aire de mi narrativa, está marcado por la parodia, la caricatura, el relajo, y por una repentina y jubilosa ferocidad. El corpus del periodo lo componen tres novelas: El desfile del amor (1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991). Ahora, a la distancia, no me asombra la irrupción de esta vena jocosa y disparatada en mi escritura. Más bien, me debería sorprender lo tardío de su aparición, sobre todo porque si algo abunda en mi lista de autores preferidos son los creadores de una literatura paródica, excéntrica, desacralizadora, donde el humor desempeña un papel decisivo, mejor todavía si el humor es delirante: Gógol, Sterne, Nabokov, Gombrowicz, Beckett, Bulgákov, Goldoni, Borges (cuando es él, pero sobre todo cuando se transforma en Bustos Domecq), Carlo Emilio Gadda, Landolfi, Torri, Monterroso, Firbank, Monsiváis, César Aira, Kafka, Flann O’Brien y otros más, Thomás Mann por ejemplo, cuya inclusión en este conjunto a primera vista parece sospechosa sólo por rebasar el género, pero que es el creador de un género soberbio de parodia en nuestro siglo. Después de publicar la última novela, varios críticos han considerado al grupo como una obra única dividida en tres partes, y poco después se aludía a ella como un tríptico del carnaval.
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Escribo un diario. Lo inicié hace treinta y cinco años, en Belgrado. Es mi cantera, mi almacén, mi alcancía. De sus páginas se alimentan vorazmente mis novelas; desde hace un año lo he desatendido demasiado; las entradas han sido mínimas: unos pocos renglones que señalan el fallecimiento de algún ser querido, desde luego mi hermano, tambien Sacho, mi perro, y otros amigos más. Escribir un diario es establecer un diálogo con uno mismo y un conducto adecuado para eliminar toxinas venenosas. Quizás el abandono al que aludo se debe a que ese diálogo indispensable se ha trasladado a mis últimos libros, casi todos con un fuerte sedimento autobiográfico; siempre ha estado presente en mis novelas, primero furtiva, luego descaradamente ha llegado a permear hasta mis ensayos literarios. En fin, en cualquier tema sobre el que escribo logro introducir mi presencia, me entrometo en el asunto, relato anécdotas que a veces ni siquiera vienen al caso, transcribo trozos de viejas conversaciones mantenidas no sólo con personajes deslumbrantes sino también con gente miserable, esa que pasa las noches en estaciones de ferrocarril para dormitar o conversar hasta la madrugada.

 
  El mago de Viena