EL MATERIAL HUMANO (Fragmento)

Introducción

Poco tiempo antes de que se conociera la existencia del célebre Archivo del que he querido ocuparme, la madrugada del 17 de junio del 2005, un incendio y una serie de explosiones destruyeron parcialmente un polvorín del Ejército Nacional situado en un establecimiento militar de una zona marginal en la ciudad de Guatemala, donde se almacenaba alrededor de una tonelada de proyectiles de diversos calibres, residuos del material bélico utilizado durante la guerra interna que comenzó en 1960 y terminó en 1996. Un agente de la Procuraduría de los Derechos Humanos fue delegado para investigar la existencia de otros almacenes de explosivos que podían representar un peligro parecido. Para esto, visitó las instalaciones de La Isla, que está en el extremo norte de la ciudad y es un complejo de edificios policíacos que incluye la Academia de la Policía, un centro de investigaciones criminales, un vasto depósito de vehículos accidentados, la perrera policíaca, un hospital abandonado, y el polvorín. Misteriosamente, los artefactos explosivos (candelas de dinamita, granadas, morteros) que se suponía que estaban almacenados ahí desaparecieron la víspera de la investigación. Sin embargo, en un edificio adyacente, que tal vez funcionó como hospital, pero que según los investigadores de la Procuraduría fue usado como centro de torturas –con las ventanas de casi todas las habitaciones condenadas con ladrillos o bloques de cemento–, el delegado de la Procuraduría descubrió un cuarto lleno de papeles, carpetas, cajas y sacos de documentos policíacos. Y así lo estaban casi todos los cuartos y salas del primer y segundo piso del edificio y otras construcciones adyacentes.

Posiblemente para la disolución de la Policía Nacional a partir de los acuerdos de paz firmados en 1996, alguien dio la orden de trasladar a este sitio el Archivo del antiguo Palacio de la Policía y de otras comisarías departamentales, de modo que los ochenta y tantos millones de documentos que se calcula que contiene actualmente el Archivo –con libros de actas que datan de la década de 1890– estuvieron ocultos desde entonces, hasta que, el 6 de julio del 2005, la prensa local dio la noticia del inverosímil y afortunado hallazgo.

Cuando me entrevisté por primera vez con el jefe del Proyecto de Recuperación del Archivo, mi intención era conocer los casos de intelectuales y artistas que fueron objeto de investigación policíaca –o que colaboraron con la policía como informantes o delatores– durante el siglo XX. Pero en vista del estado caótico en que se encontraba el material («Harán falta unos quince años para clasificar los documentos», me dijo el jefe) había que descartar esa idea por impracticable. Sin embargo, él mismo me invitó a visitar las instalaciones del Archivo, y mencionó un departamento que podría presentar un interés particular, el Gabinete de Identificación, que había sido conservado –casi como por milagro–, si no íntegramente, sí en buena parte y en un solo sitio. Además, los documentos que contenía cubrían un amplio arco de tiempo y habían sido ya catalogados en su totalidad.

Durante varias semanas después del hallazgo del Archivo, nadie se había percatado de la existencia de las fichas y expedientes que pertenecieron a este Gabinete. Entre dos módulos del antiguo hospital, había un montículo de tierra por encima del cual pasaba un sendero hecho por las carretillas que iban y venían cargadas de documentos que estaban siendo reubicados para su limpieza, catalogación y digitalización. Poco después de la estación de las lluvias, con la sequía, la superficie del montículo, donde ya crecía la hierba, se agrietó ligeramente, y alguien vio que debajo de la tierra había papeles, cartulinas, fotografías. Inmediatamente se suspendió el tráfico de carretillas y se examinaron los papeles, que resultaron ser las fichas de identidad policíacas y otros documentos que componen los vestigios del Gabinete. Si yo estaba interesado en ver esto –me dijo el jefe– me autorizaría para entrar en el Archivo, y quizá una vez visto el Gabinete podría visitar otras secciones, agregó. Por seguridad mía, y porque algunos de los expedientes de casos abiertos después de 1970 podían estar todavía activos o pendientes en los tribunales, me pidió que no consultara ningún documento posterior a ese año.

El día de mi primera visita al Archivo conocí a Ariadna Sandoval, una archivista de veintitrés años. Su trabajo consistía en limpiar y catalogar los documentos pertenecientes al Gabinete de Identificación.

–Al pie de las fichas procedentes de los distintos cuerpos de policía y recibidas por el Gabinete, hay un nombre que aparecerá constantemente: Benedicto Tun. Él mismo fundó el Gabinete, en 1922, y trabajó ahí clasificando y analizando fichas hasta 1970, cuando se retiró. Fue el único jefe durante todo ese tiempo. Tal vez podría servirte de hilo conductor para tu... investigación? –me dijo Ariadna mientras me enseñaba las cajas donde había ido guardando durante casi un año las fichas recuperadas.

Comencé a frecuentar el Archivo como una especie de entretenimiento, y según suelo hacer cuando no tengo nada que escribir, nada que decir en realidad, durante esos días llené una serie de cuadernos, libretas y hojas sueltas con simples impresiones y observaciones. Todas las mañanas durante casi tres meses recorrí de extremo sur a extremo norte la ciudad de Guatemala para visitar el Archivo. Supongo que quienes estaban empleados ahí –tanto los archivistas ex rebeldes o humanistas que se dedicaban a la limpieza y catalogación de documentos, como los policías que los vigilaban– me veían como a un turista o advenedizo incómodo. Por mi parte, más allá de la información que esperaba obtener en ese laberinto de millones de legajos policíacos acumulados durante más de un siglo y conservados por azar, después de aquella visita inicial las circunstancias y el ambiente del Archivo de La Isla habían comenzado a parecerme novelescos, y acaso aun novelables. Una especie de microcaos cuya relación podría servir de coda para la singular danza macabra de nuestro último siglo.