BOLAÑO HABLA DE REY ROSA

El estilete de Rodrigo Rey Rosa
Soy un lector asiduo de los libros de Rey Rosa, escritor guatemalteco nacido en 1958 y viajero incansable por desiertos africanos o aldeas de la India, cuando no lo hace por apartamentos extraños, líquidos, familiares. Hace poco releí su última colección de relatos, Ningún lugar sagrado (Seix Barral, 1998), ambientados la mayoría en Nueva York, ciudad en la que Rey Rosa ha vivido en diferentes periodos de su vida. El libro está compuesto por cuentos breves, distancia en la Rey Rosa es un maestro consumado, el mejor de mi generación, una generación, por otra parte, que ha dado excelentes cuentistas.  
 
La prosa de Rey Rosa es metódica y sabia. No desdeña, en algunos momentos, el látigo ―o mejor dicho: el chasquido lejano de un látigo que jamás vemos―ni el camuflaje. No es un maestro de la resistencia sino una sombra, una raya que atraviesa veloz el espacio de la normalidad. Su elegancia nunca va en demerito de su precisión. Leerlo es aprender a escribir y también es una invitación al puro placer de dejarse arrastrar por historias siniestras o fantásticas. Hasta hace poco vivía en Guatemala y no tenia casa propia: un adía se alojaba con su madre, otro día con su hermana, el resto del tiempo en casas de amigos. Una noche hablamos por teléfono durante casi dos horas: acababa de llegar a Mali. Ahora está en la India, escribiendo un libro que no sabe si terminará o no. Me gusta imaginarlo así: sin domicilio fijo, sin miedo, huésped de hoteles de paso, en estaciones de autobuses del trópico o en aeropuertos caóticos, con su ordenador portátil o con una libreta de tapas azules en donde la curiosidad de Rey Rosa, su arrojo de entomólogo, se despliega sin prisas.

A algunos esta prosa, sobre todo los relatos de Ningún lugar sagrado, les parece fría y probablemente lo sea: una enorme cámara frigorífica en donde las palabras saltan, vivas, renacidas. Y entonces uno no puede sino pensar en todo el horror que se ha vaciado sobre Guatemala, la abyección y la sangre. Y también uno piensa en Miguel Ángel Asturias, en Augusto Monterroso y ahora en Rodrigo Rey Rosa, tres escritores enormes salidos de un país pequeño y desventurado. Y la imagen que queda en el espejo es terrible y está viva.   
Entre paréntesis. Barcelona, Editorial Anagrama,  p.p. 140-141. 

Rodrigo Rey Rosa en Mali, creo
Tal vez sería conveniente hablar de los últimos libros de Rey Rosa, el libro sobre la India y su última novela, una joya de escasas páginas, que arroja una mirada distinta sobre la novela negra, género en el que todos se atreven y del que muy pocos salen bien librados. Decir que Rodrigo Rey Rosa es el escritor más riguroso de mi generación y al mismo tiempo el más transparente, el que mejor teje sus historias y el más luminoso de todos, no es decir nada nuevo.

Hoy prefiero recordar una historia que él me contó. La historia trata de un viaje a un país africano, creo que era Mali, no soy capaz de precisarlo. En cualquier caso Rey Rosa llega en avión, a la capital, una ciudad caótica y cerca de la costa. Tras pasar unos cuantos días allí se traslada en autobús hacia un pueblo del interior. En ese punto acaba la carretera o bien, es una posibilidad, la carretera se vuelve incierta, como una pista en el desierto que cualquier golpe de viento deshace.

El pueblo está junto a un río y Rey Rosa toma una barca que navega río arriba interminablemente. Finalmente arriba a una aldea, y tras caminar y preguntar a la gente, llega a una casa, una casa de ladrillos de una sola habitación, que es el lugar al que se dirigía. La casa, que pertenece a un pintor mallorquín que probablemente es uno de los grandes pintores contemporáneos, está vacía. En algún lugar hay un arcón y dentro de ese arcón, a salvo de las termitas, se halla la biblioteca del pintor. Esa noche Rey Rosa lee hasta tarde, iluminado por una vela, pues allí, es obvio decirlo, no hay luz eléctrica. Después se cubre con una manta y se echa a dormir.

Durante algunos días permanece en la aldea, que apenas si tiene las suficientes cabañas como para merecer ese nombre. Compra comida a los lugareños, bebe té a orillas del río, da largos paseos hasta el borde del desierto. Un día termina de leer el libro que ha cogido del ya legendario arcón y entonces lo devuelve a su lugar, cierra la casa y se marcha. Cualquier otro hubiera emprendido de inmediato el camino de regreso. Rey Rosa, sin embargo, sale de la aldea, como se suele decir, por la parte de atrás, no por la parte del río, y se dirige a unas montañas. He olvidado el nombre de éstas. Sólo sé que al atardecer adquieren un tono azulado que pasa, paulatinamente, del azul pastel al azul metálico. La oscuridad, por descontado, lo sorprende caminando por el desierto, y aquella noche duerme entre alimañas. Al día siguiente reemprende el camino. Y así, hasta llegar a las montañas, que encierran pequeños valles estériles, en donde el mar de arena va desgastando las rocas. Aún pasa allí una noche más. Luego regresa a la aldea, al río, al pueblo, al autobús, a la capital y al avión que lo lleva hasta París, en donde por ese entonces vivía.

Cuando me contó la historia le dije que un viaje así me mataría. Rodrigo Rey Rosa, que cree en la vida como sólo creen los niños y los que han sentido la presencia de la muerte, me respondió que no era para tanto.