Del 13 al 16 de noviembre
 
 
 
 
Fragmento de la novela inédita El mañana

I - El hoy

Un domingo de septiembre, 2005

he perdido cuenta de la fecha exacta. Ahora parecería estar llegando la primavera. Entonces fue hace más de seis meses cuando nos abordaron justo en medio del baile, en medio de la noche. No les resultó difícil: íbamos navegando en dulzura, bogando casi, y el río apenas golpeaba los flancos del Mañana. Del vapor Mañana y también de nuestro mañana, nuestro futuro, porque del ayer ya habíamos dado buena cuenta en gran parte de los paneles y sesiones de discusión a lo largo de esos tres días de seminario flotante. Pero en aquel momento estábamos en pleno jolgorio y no había derecho, no había derecho, como bien le enrostró alguna de nosotras a alguno de ellos cuando se calmó el zafarrancho y pudimos percatarnos de lo que acababa de ocurrir. Si realmente tenían que hacerlo --si la orden era tan inquebrantable-- bien podían haber elegido otro momento, se podrían haber descolgado durante algunas de las ponencias más tediosas, por ejemplo.

Lo hicieron justo durante el baile, en lo mejor del Primer Encuentro Confidencial de Escritoras, cuando ya los desacuerdos con respecto al marco teórico habían sido limados, cuando ya habíamos cartografiado en parte la esencia de un lenguaje a contrapelo, y estábamos todas desenchufadas y bailábamos como locas, haciendo rondas, meneando las caderas, cantando, y hasta Ofelia que está en silla de ruedas se había plegado al festejo.

En una primerísima instancia los recibimos hasta con algarabía. ¡Hombres! gritamos muchas de nosotras, ¡hombres! como el maná descolgado del cielo. Todo lo contrario, según pudimos irnos enterando. Más bien descolgados del agua, de las mansas, espesas, hasta entonces amigas aguas del anchuroso río que ahí no más nos atacó a traición y dejó a los esbirros acercarse silenciosamente al barco en sus botes de goma, negros ellos y negros los botes. Negros de vestiduras, digo, porque de piel eran cualquier cosa, algunos tostaditos los más jóvenes y otros del blancuzco desagradable de aquellos que tienen la manija. Así, enfundados de negro, cuando abrieron la puerta del salón comedor -- habíamos desalojado las mesas para el sarao de despedida-- nos parecieron divinos. A muchas de nosotras algunos nos parecieron divinos. O al menos bienvenidos. Para el baile y para otros menesteres del cuerpo los hombres suelen ser bienvenidos. Al menos para muchas de nosotras como Ofelia que fue la primera en atinar a acercarse, silla y todo.

¡Voto a bríos! gritamos, y gritamos ¡al abordaje! en cuanto salimos de la sorpresa y nos sucedió eso rarísimo de pensar que podíamos invertir los términos y abalanzarnos sobre quienes minutos antes y tan silenciosamente habían invadido nuestro barco. ¡Al abordaje! gritamos como queriendo dar vuelta el naipe, y ellos más que piratas parecían lo que eran: tropas de asalto. Adela que oficiaba de disc jockey rápidamente hizo sonar un rock desaforado, cosa que nos llevó a suponer que los hombres de negro habían venido a revolearnos por los aires como en los buenos viejos tiempos.

Esas eran sus intenciones, sí, pero en absoluto relacionadas con la danza ni con nada medianamente placentero.

Los hombres al principio no supieron reaccionar ante tanto batifondo, tanto despliegue de música y serpentinas y globos. Cuando hacemos fiestas hacemos fiestas, nosotras. Ellos se quedaron así como alelados y empezaron a colarse de a poco en el salón, en formación digamos a lo ancho, y acabaron rodeándonos. No parecían feroces hasta que el jefe de la patrulla se puso a escupir órdenes. Porque era una patrulla qué duda cupo y si al principio nos sorprendieron con sus vagos efluvios de testosterona fue porque nos agarraron con la guardia baja, en plena celebración de despedida, y algo borrachitas a qué negarlo.

Alguno de ellos, entre los más jóvenes claro, en la fracción de segundo de desconcierto que siguió a su irrupción en nuestro campo, hasta habría salido a bailar desprevenido. Habría tomado a alguna de nosotras por la cintura y vaya una a saber el desenlace. Pero no, el jefe supo reaccionar a tiempo. El jefe a quien al rato debimos tratar de capitán como si al barco le faltara capitán, o mejor dicho capitana, de eso ya hablaremos en cuanto nos dejen hablar --si nos dejan, si no nos cortan las lenguas que buenas ganas tendrán, se les nota en los ojos.

Como si lo estuviera viviendo una vez más. Todo tan súbito y tan trastocante.

Nos dieron vuelta la página. Borrón y cuenta nueva dijeron y nosotras fuimos las borradas y quedamos fuera de la historia.

Estoy tan furiosa que ni siquiera puedo seguir contándolo.

La desesperación y la impotencia se me han ido evaporando con el tiempo. La furia subsiste. Tendría que usarla de combustible para seguir adelante con estas anotaciones. La furia es inflamable, y si toda anotación debe desaparecer, como nosotras, más le vale esfumarse en una enorme llamarada de furia, no como pretenden hacernos desaparecer a todas las escritoras del país, borrándonos las ideas.

Ustedes son cuerpo, son mujeres antes que cualquier otra cosa, a las mujeres no les interesa el intelecto; no piensen más, disfruten, hagan gimnasia, preocúpense por su apariencia. Más o menos eso nos dijeron, sintetizando, aunque ellos carecen de todo poder de síntesis, son totalmente desbordados. Ellos no son sólo hombres, ojo, me lo debo repetir a cada paso para no caer en fáciles dicotomías. Ellos son el poder, hombres y mujeres del poder, recordarlo siempre, ellos son la ley, y es una ley de mierda.

Nos plantaron droga en el barco, nos plantaron videos porno, nos acusaron de brujas, de lesbianas todas, de subversivas y conspiradoras. Nos plantaron hasta una sarta de electrodos y materiales rarísimos diz que para fabricar bombas. No plantaron más porque no cabía. Y todo lo hicieron en el mayor sigilo, mientras nosotras con la más gloriosa de las desaprensiones bailábamos en el enorme salón comedor y en la cubierta de proa, honrando al mascarón que se abría paso solemne por las aguas del río con las tetas enhiestas. Bailábamos todas hasta Ofelia como ya dije, bailaba desde la capitana hasta la última grumete, un barco enteramente tripulado por mujeres, era para el festejo.

Unas horas más tarde llegaríamos a la ciudad de Corrientes, Nuestra Señora de las Siete Corrientes, nos encantaba la idea, le bailábamos a eso, no a la Virgen de los Siete Dolores en la que nos habríamos de convertir las escritoras al rato.

Los hombres tiraron escalas a la cubierta de popa, treparon enfundados en mamelucos negros, hasta había algún hombre rana con traje de neopreno. Y cuando pudieron desprenderse de nuestras exclamaciones iniciales, cuando pudieron desprenderse de la falsa identidad de piratas impuesta por nosotras recuperando así su identidad siniestra empezaron a su vez a envestirnos con calificativos, injuriosos desde su punto de vista. Se ve que los habían aleccionado bien al lanzarlos a esta sucia maniobra, y con enorme asco nos gritaron lesbianas, y brujas, y subversivas, guerrilleras. En pleno siglo XXI imagínense ustedes, como si no hubiéramos ya entrado en el tercer milenio, como si los roles ya no fueran otros.

Unas cuantas lesbianas había entre nosotras, por supuesto. Quizá habría alguna bruja nostalgiosa y vaya una a saber qué más. Eramos un ecléctico grupo humano, y estábamos contentas. Fue la última vez que estuvimos contentas.

Hasta habíamos tirado unas cuantas cañitas voladoras para agradecer al cielo la culminación de tan magno encuentro. ¡Balas trazadoras! declararon nuestros esbirros en el somerísimo juicio que resultó ser una pantomima total, una enorme mentira para calmar los ánimos de quienes no podían entender por qué todas las escritoras locales eran perseguidas, hasta aquellas más leídas, las que contaban una edulcorada versión de nuestra historia.

Lo demás nunca salió a la luz, la verdadera razón, la amenaza que en verdad representábamos. Ni nosotras mismas nos la creímos demasiado, al principio. Ahora hemos tenido tiempo de reflexionar --porque es lo único que podemos hacer aunque nos lo prohiban, ¡no piensen! nos conminaron y nos seguirán conminando. Pero nosotras, o al menos yo --no sé por qué sigo hablando en plural desde este aislamiento casi absoluto (pero sé, sé que Marcia por ejemplo no hace más que rumiar al respecto, sé que Ofelia también, ella que es socióloga, sé que Juanamaría, Sharon, Nelly, Zenia, G. Díaz, Mané, ellas que lo escribieron alguna vez con todas las letras, mucho más que yo, ellas que saben más que yo deberán de estar rumiando esto a diario). Si sólo pudiéramos comunicarnos entre nosotras al menos por algunos minutos, si estas palabras pudieran llegarles y no le llegarán a nadie...

¿Y los familiares? me preguntaría algún interlocutor que no tengo, ¿y los organismos internacionales, no hacen nada? Algo harán no cabe duda pero todos deben de sentirse más cómodos así con nuestras voces acalladas, y vaya una a saber en el resto del mundo, yo sólo tengo un parlante acá que transmite música, 50 y 50, folklore y clásico y de vez en cuando algún tango pero no demasiado no sea cosa que. Hasta la coronilla estoy de lunita tucumana, má qué lunita tucumana, sí, bueno, qué se yo, apago este simulacro de radio y me quedo con sólo los ruidos de la calle en sordina. Mi departamento da a los fondos y no tengo vecinos. Mala suerte la mía y pensar que cuando lo compré consideré que justamente éste era su mayor atractivo. Tiene una linda terraza con plantas que mira al cielo en un barrio tranquilo de casas bajas. Al principio de mi encierro me entretuve tirándoles flechas hechas con hojas de los pocos libros que me dejaron --un entretenimiento desesperado, vandálico-- pero se ve que nadie quiere involucrarse, vaya una a saber qué lavado de cerebro les habrán hecho, cuánta desinformación, cuánta mentira, y ahora las escritoras somos subversivas; eso en cierta medida nos honra, si no fuera por el arresto domiciliario inimaginable, perverso.

Suerte que estoy rodeada de objetos que amo. Pero hay días y sobre todo noches en que llego a detestarlos, ya reventé más de un cacharro contra la pared y eso que eran recuerdos insustituibles, mi paso por Salvador de Bahía con Christian, mi viaje a los matacos en el chaco salteño. Hubo noches en que hubiera querido reventar todo y reventarme la cabeza y tirarme de la terraza y para eso justamente, previendo tamaña contingencia, colocaron la altísima alambrada alrededor de mi terraza y de mi cielo, espesa, enjaulante, que me desespera más que ninguna otra cosa. Y hube de pagarla de mi propio bolsillo.

Recibo puntualmente el alquiler del departamento de Palermo, comprado cuando me saqué el premio Centella, lo digo por si alguien --quién alguien, a dónde mil carajos alguien se va a preocupar por mi destino, o preguntarse estas pavadas o lo que es más leer estas anotaciones destinadas a las mil putas que la parió en cuanto haga Seleccionar Todo, Del.

Y la pantalla en blanco con esa inocencia de mierda que parece ostentar después de tanto involucramiento.

Debo conservar la calma.

Es lo único que tengo para enfrentarme con ellos.

Porque ya ni ideas me salen, ni maneras de ver el lenguaje a trasluz para borrarle todas las marcas del dominador. Alguna vez lo intenté. ¿Dónde habrán ido a parar todos mis ensayos? Mis archivos quemados, obliterados. Las editoriales como si nunca hubiéramos existido, eso sí lograron soplarme los esbirros, los que nunca me hablan. Me dijeron: a las editoriales ustedes las escritoras les importan un soto, no significan cifras considerables, y además, además. Unos cuantos han hecho canje; esos escritorzuelos que ni se pueden llamar así, que sólo producen basura estarán ahora produciendo a cuatro manos para ocupar nuestro lugar y
y acá paro
y respiro hondo, hondo

porque estuve a punto de hacer volar el tablero de una patada de bronca incontrolable, hacer desaparecer este aparato que tengo acá a mi alcance, computadora y monitor y teclado y todo, este viejo bodrio ya obsoleto que usábamos allá por los años 90 porque claro se llevaron mi luminosa joya de última generación, la que me comunicaba con el mundo y hasta me gratificaba el tacto y me daba perfumes, y con ella yo todo lo podía, podía ver lo que ocurría en casa de cada uno de mis interlocutores y ahora tengo este mamotreto inodoro, insípido, inerte y ciego, con una luminosidad que lastima los ojos, frente al cual estoy y que unos segundos atrás estuve a punto de hacer volar por los aires para verlo estallar en mil pedazos electrónico y ahora lo venero porque es lo único que me conecta con alguien. Me conecta conmigo, mi intermediario amigo.

Mi centro del lenguaje. Mi criatura.

Como se comprenderá, las escritoras de este país estamos totalmente cortadas de toda información. Nadie nos impide escribir que con algo hay que pasar el tiempo, pero todos los sábado viene una guardiana, al menos yo la llamo guardiana, y nos borra el disco rígido. No se nos permite ni impresora ni disquetera blanda, ni papel ni lápiz ni nada semejante, no tenemos forma de conservar el documento. Ya ni me importa, escribo para mí, sólo por principio me dirijo a ustedes que no están y nunca leerán esto, por necesidad de compañía aunque sea virtual, por no olvidar el diálogo. ¿Cuánto hace que no hablo con nadie? La lengua en la mano, dijo alguna vez Margo Glantz; ya no tengo sus libros, mi biblioteca ha sido sabiamente expurgada, sólo me quedan los textos señeros de los malditos maestros, los maestros mansos, no los maestros malditos que tanto admiro.

Volviendo a lo cual contesto: familiares no tengo, casi, y los pocos que me quedan saben que escribir contamina. Más vale ser administradores de empresa, como ellos. Ellos y ellas, seamos justas, siempre anduvimos luchando contra esta convención del plural eternamente masculino cuando nos discriminaba a nosotras las mujeres, conviene ahora no olvidar la regla aún para señalar a aquellas que se quedaron ensartadas en el modelo antiguo.

¿Se entiende? ¡Y qué me importa que se entienda!

Yo solía abominar de los signos de exclamación, ahora abuso de ellos. !!!!!!! Es la única protesta que me está permitida.

Los puntos suspensivos también me los apropio: ..., y más .., y más,...
Al menos dejan espacio para alguna esperanza.

Habíamos estado preparando el congreso de escritoras casi con un año de antelación. Era nuestra oportunidad de juntarnos a puertas cerradas, todas o casi todas, e intercambiar ideas y quizá diseñar algún proyecto común y evaluar los triunfos. Porque triunfos ha habido a lo largo de las últimas décadas, y son (¡eran!) muchos.

Primer congreso integral de novelistas del país. Importante a qué dudarlo. Seminal como dijo alguien. No faltaría ni una. El comité organizador estaba formado por muchachas llenas de entusiasmo, algunas ya en su segunda novela, y necesitaban que el encuentro resultara perfecto. Necesitaban gritar a los cuatro vientos --y para eso los cuatro vientos debían soplar por allí-- su entusiasmo por el revisionismo histórico, su reivindicación del papel de la mujer durante nuestro pasado no tan lejano pero remotísimo ya, maleable ya, reconquistable.

La propuesta me resultaba algo cuadrada pero las apoyé con ganas. Quería encontrarme con mis pares, así, in totto, y no en encuentros dispersos o por los congresos del mundo que nos iban convocando a unas y otras.

El congreso mayor, el mejor, el más alucinante y quizá el primero de esta envergadura (aunque envergadura no es la palabra que corresponde ¿no? tratándose de mujeres) (pero éste no es un alegato feminista, entiéndanlo bien, no toma partido en lo posible, no reconoce dogmas y no reconoce leyes y se va armando con el correr del teclado como se fueron armando nuestras ideas, y antes que nada como se fue armando nuestra apropiación del lenguaje. De eso hablaremos más tarde, si podemos, aunque de eso se trata porque es la razón primera y unívoca de nuestra condena).

Condena sí es la palabra. Entonces nada de alegato feminista al pedo. Actuamos en defensa propia. En esto se nos va la vida. Porque ahora estamos encerradas, silenciadas, y son muy contados los que se animan o quieren defendernos abiertamente.

Tenemos la palabra prohibida. La escritura prohibida. Quizá también el pensamiento.

¿Fue el Mañana una caja de Pandora? En eso la convirtieron ellos (agentes de la represión, vaya una a saber cómo se designa al enemigo).

Nuestra meta final, ya lo dije, era la ciudad de Corrientes. Allí muchas de nosotras desembarcaríamos para tomar el primer avión de regreso a la Capital. Múltiples obligaciones nos esperaban acá. Seguirán esperando.

Las que son madres viven en familia, como siempre, pero están aún más vigiladas que las solteras o las divorciadas como yo. Y debemos salir a la calle con velo, atuendo que ya no llama la atención porque el velo se ha puesto de moda, cada vez se ven más y no son escritoras sino todo lo contrario y los maridos y novios y amantes (pero me temo que quedan pocos de los últimos, la cosa se ha vuelto a más no poder conservadora, hay casamientos masivos según tengo entendido) las prefieren así, recatadas y propias.

Ya lo dije y repito, no soy necesariamente feminista estas cosas no me importan que cada una haga de su culo un jardín y de su cara un telón de fondo no me importa me importan las palabras con las cuales se designan estos actos, las marcas indelebles. El velo es de quita y pon, el adjetivo "veladas" nos cubre para siempre.

Feminista no seré como quien responde a un dogma pero nací rebelde, ¿y ahora qué?

Esto nos pasa por embarcarnos en el Mañana. Una nave engañosa con nombre de doble filo. ¿Cómo traducirlo? La mañana de género femenino es ésta que transcurre ahora se nos va entre las manos y mañana vendrá otra, vendrá en un mañana ya sin género específico que es sólo el día siguiente: mañana te espero, mañana por la mañana. En cambio el mañana lo tiene todo, tiene la promesa de un futuro mejor, el mañana vendrá y seremos otros... dice el poema, y nosotras acá siendo otras, sí, en un mañana hecho de nubarrones inciertos donde nos han clavado como mariposas a la pared con el alfiler de un nombre, el mismo del que se burlan los muy productivos angloparlantes: Mañana, mañana nos dicen en nuestra propia lengua, como una promesa que no habrá de cumplirse jamás.

Creo que fue Adela Migone que sugirió la posibilidad del barco y nos pareció brillante. Era una manera de terminar con los tironeos, unas queríamos que el congreso tuviera lugar en las montañas del norte, otras en los lagos del sur, muchas decían acá en la capital pero un lugar de reunión lo suficientemente amplio nos resultaba costosísimo y además no queríamos público. En eso estábamos todas de acuerdo: nada de público, sólo un encuentro entre nosotras por primera y casi seguro última vez, porque basta ya de separarnos de la masa de la literatura global, basta de escritoras por un lado y escritores por el otro, esos detalles...Y así surgió el barco o mejor dicho la nave Mañana, flotando en medio de los sueños. Nos pareció preciosa con su mascarón de proa rescatado de otros tiempos, especie de sirena apuntando a un porvenir seguro, al mejor puerto. Mañana tenía su propia capitana, que reuniría --prometió-- una tripulación del todo femenina. Lo estimamos un toque de humor y además una cierta forma de tranquilidad, ya sabemos qué poder de encantamiento ejercen los marineros sobre las blandas almas de las novelistas, aunque sean marineros de agua dulce y aunque la travesía dure tres días a penas y aunque las mentadas novelistas tengan la cabeza en otra cosa. La cabeza sí, dijo alguna de nosotras, pero... y fue así como aceptamos por unanimidad eso de navegar tripuladas por mujeres. Navegar con rumbo fijo mientras nuestras ideas eran lanzadas al garete.

Y ahora me voy a dormir, no aguanto más, mañana (volviendo a ese vocablo) será otro día tan igual a mis días anteriores pero seguiré escribiendo, hasta el último aliento seguiré escribiendo, hasta el sábado cuando todo deba ser borrado y escribiré de nuevo y otra semana de nuevo y de nuevo y una marca quedará en esta pantalla que se vuelve totalmente gis y luminosa, se ríe de mí y yo la seguiré marcando como quien con agua escribe sobre la piedra y un día, un día la piedra aparece burilada. No tengo tanto tiempo. No tengo milenios y es como si los tuviera. El tiempo detenido es todo el tiempo.

(Como en tantas otras noches de insomnio extrañaré locamente a mi perra Sand. Las escritoras enclaustradas que tienen gato de alguna forma podrán arreglarse, pero yo tuve que regalarla a Sand por intermedio del portero porque, claro, cómo sacarla a la vereda dos tres veces por día cuando a mí sólo me está permitido pastorear dos veces por semana, cuando no llueve. Lunes y jueves. A las 6.30 de la madrugada, la hora de mis mejores sueños. Antes. Cuando podía soñar).